Pensamiento libre sin ideología es como coito asistido

lunes, 6 de junio de 2011

¡A ti, el fajín debido! Por Manuel Fuentes-Rivera

Una ceremonia. Una crónica sobre el robo de fajines sobrevalorados y una alegoría sobre las costras viejas que se adhieren a la gente.

El acto
Lennon afirmaba categórico y segurísimo —como todo, así se retractaría luego— que todos brillamos, tal como la luna, las estrellas y el sol. Eran tiempos de la Plastic Ono Band, eso ya va haciéndonos entrar en materia. Aunque es sabido también que el británico luego de su paso por la célula trotskista de New York (dixit Hugo Vallenas), corroboró que los grandes grupos de gente, muy juntita, muy cercana, le ponían tan cómodo como una fractura en el cóccix.

Ayer en una ceremonia oficiada por el Gobernador Renzo Ibáñez —a raíz de la juramentación de los tenientes gobernadores— esta pregunta fue propicia.
Un hecho innegable es la facilidad con la que el Partido del Pueblo puede congregar en tan poco tiempo, en tan poco espacio, con tan pocos recursos, la mayor cantidad de gente.
Y no gente común.
Gente bizarra. Bizarrísima.  Bunch of freaks.
Gente muy especial. A su manera, pero especial.

Llamaba a la atención cierto neuroticismo que siempre flota en el aire. Un tío con un rostro bastante desproporcional a su corporalidad y que respondía cariñosamente al nombre de Jimmy (mismo Jaime Bayly en Yo amo a mi mami), instruía acerca de la correcta posición de las manos, una sobre la Biblia la otra en el aire. Mamadas protocolares de la modernidad pensaba yo, sin embargo, al parecer para la gente después de una edad, lo único que importa es la pantomima, el rito, la fanfarria.

Un tío barranquino y su sinuosa acompañante enfundada en un oscuro traje de satén, cual exponente de erotismo mórbido, iban y venían. Sobre él recaía la máxima especulación jaisexista. Llegué tarde y al instante escuchaba mi nombre por los parlantes. Eso debió decirme algo más que todo este asunto de la fugacidad y simultaneidad de los hechos. O fácil que quiero darle una explicación metafísica a una coincidencia, una sincronicidad.

 Lo que le siguió a esa retahila de especulación fue el reclamo enconado y altisonante de alguien a quien se le perdió el fajín o se lo robaron, no lo sé, no sé qué significa lo que acabo de escribir, es más, ahora mismo que lo escribo, no lo comprendo, nunca me sentí tan disociado, pero me imagino que debe ser algo similar a cuando pierdes la chaveta, así de grave debe ser perder el fajín.

Al acabar la juramentación, la foto de rigor sine qua non. Ojalá nuestros pueblos originarios creyeran en el robo del alma. Una actriz de TV ya entradita en años, con una rapidez poco inusual, robaba miradas. Yo creo que medía poco más de un metro ochenta. 180 centímetros de oscuro placer sensorial, óptima para bailar pegaditos un boleracho, aunque en honor a la verdad tales estereotipos setenteros no me ponen que digamos, salvo por las actuales MILF’s o cougars.

Al acabar todo, me turbó un hecho. Renzo cernía sobre esa humanidad suya, que todos conocemos y hemos visto más de una vez percutir ritmos afro-latino-caribeños, una banda rojiblanca aunada a un fraseo particular y varios quilos demás. Alguien se había comido a mi amigo, o lo tenía confinado en alguna mazmorra en la Casa del Pueblo o era el clon de él, mismo Paul McCartney, que había muerto y no nos habíamos dado cuenta dónde. El que tenía frente a mi, tenía un parecido escalofriante a García, y no sólo en los kilos demás, sino también en ese mind frame peculiar, una suerte de destino manifiesto, los hoyuelos en el rostro, la entonación ambigua. Al margen de cualquier tipo de consideraciones, era turbador. En la forma de mover sus manos y clavar su mirada, no había intención, simplemente acción, jodido zen. A su alrededor, un coral de abuelos, con la misma perorata de siempre: todo tiempo pasado fue mejor, ya no hay valores, los jóvenes de hoy no respetan a nadie, me van a corregir una fístula o el más freak Señor Comendador [a propósito], aquí le presento a mi hijita, para cualquier cosa y sus canciones ¡bah! Considero que existe una gran diferencia entre un viejo y un vejete. Al primero le escuchas las historias alrededor del fuego, así como sus consejos referentes a los enemigos del hombre y del conocimiento. Al segundo, ni bien deja de ser útil para la tribu, lo abandonas a su suerte en la tundra  para que se congele y se lo coman los depredadores.



Y sanseacabó, se fueron todos con sus haya o no haya, su mística cuaternaria, ese olor raro a viejito y algunos dulces que se llevaban en sus bolsas. En medio de tanta parsimonia, es casi un beneficio ser el trovador de paso en el pueblo. Ni con Pat Garrett ni con Billy the Kid. ¿Existirá alguna manera de seguir el camino sin dejar de ser tú mismo? Hasta ahora la respuesta es negativa o es que quizás me caigo de la cama por intransigente.