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martes, 11 de marzo de 2014

Zar Putin. Por Agustín Haya de la Torre


El avance del ejército ruso en la península de Crimea resucita los fantasmas de la Guerra Fría. En siglo pasado tras la II Guerra Mundial, el juego de posiciones entre el campo soviético y Occidente formaba parte de la tensión cotidiana.
La caída del gobierno pro moscovita de Ucrania dispara la tensión en una zona disputada por siglos. Enfrentó a los zares con los austro-húngaros, turco-otomanos y potencias occidentales que querían controlar una rica región agrícola y comercial que alcanzó su esplendor mil años antes. A mediados del siglo XIX, una de las pocas guerras de la centuria asoló la estratégica península sobre el Mar Negro, cuando una alianza franco británica con el Imperio Austro Húngaro quería evitar el dominio zarista.
Incluso durante la existencia de la Unión Soviética, Ucrania mantuvo un estatus especial con sitio propio en las Naciones Unidas. A su vez, la península gozaba de autonomía y fue cedida por Nikita Jruschov a dicha república federada. Su estratégica ubicación la convirtió en base naval de la poderosa flota rusa y a Sebastopol su ciudad más importante, le reconocieron un rango particular.

La crisis actual estalla cuando el presidente Víktor Yanukovich rechaza los acuerdos con la Unión Europea y decide profundizar las relaciones con el Kremlin. La respuesta popular resulta explosiva e impresionante. Hartos de las posturas autoritarias del viejo militante comunista, los ucranios saben perfectamente de que va cada opción. La alianza con Europa significaría la plena vigencia del estado de derecho, de la pluralidad y la alternancia en el poder. Algo muy distinto al autoritarismo que el estilo Putin impone en la vasta Federación Rusa.
La putinización de la antigua Unión Soviética mezcla varios factores. Un movimiento político férreamente liderado por el ex KGB, que gana desde principios de siglo elección tras elección, sin mucho respeto por el juego limpio. Un esquema de desarrollo capitalista que trata de sacar al país que ocupa la sexta parte del planeta, del atraso económico y tecnológico en que quedó tras el colapso del Partido Comunista, con una nueva clase de multimillonarios surgidos de la antigua nomenclatura.
En el plano ideológico, fomenta una estrecha alianza con la reaccionaria Iglesia Ortodoxa, gobiernista por los siglos de los siglos, baluarte de la Rusia imperial. Con tales componentes, su gran reto es volver a convertir a su patria de nuevo en gran potencia mundial.
Las cosas tras veinticinco años de la caída del Muro de Berlín no son tan sencillas, porque a su lado el dragón chino hace rato que despertó y les lleva años luz de ventaja en su avance capitalista y la antes amigable India ahora compite con creciente solvencia. El juego geopolítico puede complicarse pero su peso como miembro del G 8 no es casual.
El mundo contempla con inquietud como la resurrecta águila bicéfala del zarismo despliega sus alas con las tropas rusas que ocupan Crimea de nuevo.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Contra la guerra. Por Agustín Haya de la Torre

La guerra civil en Siria lleva más de dos años y la crueldad de Bashar al Asad y su clan para mantenerse en el poder no encuentra límites. Desde las revueltas que originaron la llamada primavera árabe, el régimen de Damasco, en el poder desde el golpe de 1970, suma más de cien mil muertos y dos millones de refugiados.

El hambre de poder de la dictadura no repara en usar armas químicas contra sus enemigos, los que a su vez representan una coalición de intereses encontrados difícil de digerir, entre otras cosas por la presencia de fuertes contingentes de Al Qaeda.

La situación lleva a que el presidente Barack Obama con su intención de intervenir durante sesenta días, olvide los postulados pacifistas de su campaña electoral y anuncie una invasión a todas luces inaceptable. El Premio Nobel de la Paz está al borde de cometer el mismo error que tanto denostó a George Bush, quien en su respuesta exacerbada ante los ataques del 11 de setiembre, metió a los Estados Unidos en un callejón sin salida en Afganistán y en Irak.



Obama sostenía un discurso lúcido y coherente contra la guerra que despertó la ilusión. Sin embargo, pese a las catástrofes militaristas provocadas por su antecesor, se encuentra de pronto hablando el mismo idioma guerrerista de los republicanos del Tea Party. 

Si las anteriores intervenciones consiguieron el paraguas de las Naciones Unidas o de la OTAN, ahora la Casa Blanca no logra ningún respaldo significativo, salvo el de Francia. Francois Hollande comete un error de cálculo mayúsculo, pues si creyó que iba a lograr cierto liderazgo europeo, encuentra que el Parlamento británico derrotó la postura intervencionista del primer ministro y de que la Alemania de Angela Merkel rechaza de plano cualquier aventura militar.

Como si el tiempo pasara por gusto, otra vez la opinión internacional escucha hablar de operaciones quirúrgicas, focalizadas en la destrucción de las armas químicas, a más de proclamar la contundente brevedad de las mismas. La realidad demuestra siempre otra cosa: que los invasores acaban siempre generando mayores problemas que los que intentan resolver, empantanándose en contradicciones nacionales que no entienden y de las que luego no pueden salir.

Las Naciones Unidas no van a avalar ningún tipo de intervención por el veto cantado de Rusia y China. A estas potencias tampoco les interesa la democratización de Siria, sino que el país siga bajo su influencia. De alguna manera repiten el esquema de la guerra fría, donde el clan Asad reproduce una dictadura militar estatista que ha cumplido un papel clave en el endeble equilibrio del Medio Oriente.




La guerra desestabilizará el tablero en el Asia Menor y puede prefigurar conflictos mayores. La flota rusa navega en el Mediterráneo y el fundamentalismo iraní sentirá la amenaza. Solo Israel piensa que puede ganar algo aunque la ruleta es demasiado peligrosa para que el beneficio sea duradero.