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jueves, 10 de abril de 2014

Mi día del Arqueólogo, la culpa de Julio C. Tello. Por Hernán Hurtado Castro

Archico Tello de San Marcos
El 11 de abril recordamos el nacimiento del huarochirano Julio César Tello Rojas (1880-1947) y por su emérita trayectoria en pro de la arqueología andina celebramos su cumpleaños como el Día del Arqueólogo Peruano. Se ha dicho mucho sobre Tello y su hábito boasiano de recopilar y acumular información, hasta el último de sus días; es por esto que hasta hoy aparecen publicaciones póstumas del nutrido Archivo Tello.

No pretendo explicar racionalmente porque me incliné por esta profesión, solo salpicar y atar emociones en torno a mi aventurada y temprana decisión de ser arqueólogo. Cuando uno se zambulle en los abruptos pasajes de la historia entiende que esta no es lineal ni rígida, sino que se comporta como el mismo hombre en proporción a la historia de la humanidad, es decir, es flexible y muchas veces antojadiza, que por más que sucedan circunstancias parecidas nada vuelve a ser igual. Por esto le echo la culpa a mi abuelo y a Julio César Tello, quien fue mi cómplice y compañero de las silenciosas huidas al viejo museo de Pueblo Libre y la maldita pasión por preocuparme por pueblos aparentemente “muertos” pero a la vez anchos de enigmática vida.

Cuando tenía 4 años y mi abuelo paterno (médico de profesión) me relataba con emoción y terquedad que no era posible bañarse dos veces en un mismo río y que la vida es como un río que discurre; he ahí el aporte del señor Heráclito. Además, que le hubiera gustado ser arqueólogo –yo decía: ¿qué cosas para difíciles?- y contaba de una rara enfermedad (sífilis) que tuvieron los antiguos peruanos, que fue tesis del médico Tello. Aunque fascinante y entretenido no entendía por completo como un doctor pudo saber quiénes eran más antiguos y porque todo, aparentemente, se resumía a cerámicas, huesos, telas y demás artefactos extravagantes. No creo que su intención fuese en sugestionarme para que sea arqueólogo, sino médico e interesado por la historia. Sin embargo, las grandes dosis de historia, la repetida narración del sabio Tello, las alucinantes películas de Indiana Jones, el vivir tan cerca de museos y la suerte de viajar por el país y conocer muchos sitios arqueológicos construyeron silenciosamente mi vocación.


En el verano del 93 me matricularon en un curso de collage en el viejo Museo de Antropología, Arqueología e Historia. La entrada era por la puerta lateral, la de jirón San Martín (puerta de ingreso a la biblioteca), y el taller estaba al lado de los gabinetes de textiles y cerámica. Era emocionante prospectar con inocente discreción esos tétricos espacios que escondían cajas y cajas de algún tesoro antiguo -pensaba en momias, maldiciones y cofres de monedas de oro-. Cuando se percataban de mi presencia huía al patio cerca de la cafetería y al fragor de mi prisa me saludaba con solemnidad el busto de Tello –me decían que ahí fue enterrado-. Apenas se distraía el vigilante del pasadizo, entre el patio y el museo, aprovechaba para escabullirme a las tenebrosas y oscuras salas que exponían desde lo más antiguo hasta la historia de la república. En esos momentos decidí involucrarme con aquellos objetos que significaban o simbolizaban un pueblo que ocupó esta geografía muchísimo antes que mis contemporáneos y hasta me atreví a pensar que podía ser descendiente de aquellos antiguos peruanos y que con mayor responsabilidad debería conocerlos mejor.

lunes, 3 de junio de 2013

Julio César Tello, una vida dedica al Patrimonio Arqueológico [No al DS 54]. Por Hernán Hurtado

Julio César Tello, una vida dedica al Patrimonio Arqueológico (Huarochirí, Perú, 11 de abril de 1880 - m. Lima, 3 de junio de 1947)


Un día como hoy, 3 de junio, partió a la eternidad el huarochirano Julio César Tello. Su vida es testimonio incansable de Lucha y Defensa del Patrimonio Arqueológico en un Perú dónde poco interés se le daba a la emergente arqueología y en general a las ciencias sociales. Su tenacidad y empeño le colocan en el sitial de fundador, pionero y padre de la arqueología andina desde un enfoque original sin calco ni copia que además fue bastante difundido y parte de sus trabajos sigue siendo armazón de las cronologías empleadas en la actualidad. En la atmósfera política, cada vez que pudo, exhibió voluntad y habilidad para crear espacios que permitan salvaguarda de monumentos, investigación, proyección de trabajos en sitios... en resumen estuvo creando los pilares de la arqueología como institución en este continente.

Es innegable la influencia viva de Julio C. Tello en arqueólogos y científicos sociales,se puede criticar su metodología y obstinado tratamiento con muchos sitios arqueológicos, pero es imposible desmerecer su acertado espíritu para con las primeras generaciones de arqueólogos. De una u otra forma somos discípulos del magisterio de Tello. 

Es deber subrayar que quienes han contribuido, a costa de todo sacrificio, a valorar nuestro legado prehispánico no pueden ser ofendidos con este tipo de decretillos –DS 54-2013PCM y DS 60-2013-PCM-. Hoy a sus herederos inmediatos, arqueólogos y ciudadanía, nos toca exigir enérgicamente la derogatoria y sobretodo la urgente reforma y modernización de la Dirección de Arqueología del Ministerio de Cultura.

Julio C. Tello no trabajo en vano. No hemos perdidos voluntad ni el espíritu. Nos toca proseguir en el camino de su esencia e inspiración.

Este 6 de junio: Marcha por la Cultura (click para ver Evento)

miércoles, 10 de abril de 2013

Mi día del Arqueólogo y la culpa de Tello. Por Hernán I. Hurtado

Julio César Tello Rojas (1880- 1947)
¡debería estar en algún billete!

Mi día del Arqueólogo y la culpa de Tello.
Por Hernán I. Hurtado


Cumple de Julio C. Tello y día del arqueólogo peruano. Saludos y buena vibra.

El 11 de abril se celebra el nacimiento del huarochirano Julio César Tello Rojas (1880- 1947) y por su emérita trayectoria en pro de la arqueología andina celebramos su cumpleaños como el  "día del arqueólogo peruano".

Se ha dicho mucho sobre Tello e incluso no dejan de aparecer publicaciones póstumas del nutrido Archivo Tello que es producto del hábito boasiano (César Astuhuamán: 2006) de recopilar y acumular información hasta el último de sus días.

No pretendo explicar racionalmente porque me incliné por esta profesión, sólo quiero salpicar y atar emociones en torno a mi aventurada y temprana decisión de ser arqueólogo. Cuando uno se zambulle en  los abruptos pasajes de la historia entiende que esta no es lineal ni rígida, sino que se comporta como el mismo hombre en proporción a la historia de la humanidad, es decir, es flexible y antojadiza, ilógica y muchas veces irracional y caprichosa, que por más que sucedan circunstancias parecidas nada vuelve a ser igual. Por esto le echo la culpa a mi abuelo y a Julio César Tello, quien fue mi cómplice y compañero de las silenciosas huidas al viejo museo de Pueblo Libre y la maldita pasión por preocuparme por pueblos aparentemente “muertos” pero a la vez anchos de enigmática vida.

Esta imagen se me viene a la mente
cuando hablan de Tello. Este es el busto
que yace en el Museo de Pueblo Libre
que a la vez es tu tumba vigilante.
Es único
Recuerdo cuando era niño de 4 años y mi abuelo paterno (médico de profesión) me comentaba con emoción y terquedad que no era posible bañarse dos veces en un mismo río y que la vida es como un río que discurre y he ahí el aporte del señor Heráclito, además que le hubiera gustado ser arqueólogo –yo decía: ¿qué cosas para difíciles?- y me comentaba de una rara enfermedad que tuvieron los antiguos peruanos que fue investigada por un médico que le gustaba la arqueología. Me hablaba con tal emoción de un tal Julio César Tello y solo atinaba a escucharlo con filial atención. En realidad me parecía fascinante y entretenido, aunque no entendía por completo como un doctor pudo saber quiénes eran más antiguos y porque todo, aparentemente, se resumía a cerámicas, huesos, telas y demás cosas raras y seductoras. No creo que su intención fuese en sugestionarme para que sea arqueólogo, sino para que sea médico y a la vez interesado por la historia. Sin embargo las grandes dosis de historia, la repetida narración del sabio Julio César Tello, las alucinantes películas de Indiana Jones, el vivir tan cerca de museos y la suerte de viajar por el país y poder recorrer muchos sitios arqueológicos.

En el verano del 93 me matricularon en un curso de collage en el viejo Museo de Antropología, Arqueología e Historia y reconozco que soy torpe para los quehaceres plásticos. La entrada era por la puerta lateral, la de jirón San Martín (la puerta que usamos para la biblioteca), y el taller era al costado de los gabinetes de textiles y cerámica, y  me gustaba recorrer con inocente discreción esos tétricos espacios que escondían cajas y cajas de algún tesoro antiguo -¡Pensaba en momias, maldiciones y cofres de monedas de oro!-. Cuando se percataban de mi presencia huía al patio cerca de la cafetería y al fragor de mi prisa me saludaba con solemnidad el busto de Julio César Tello -con el tiempo me enteraría que ahí fue enterrado-. Apenas se distraía el vigilante del pasadizo, entre el patio y el museo, aprovechaba en escabullirme a  las  tenebrosas y oscuras salas que exponían desde lo más antiguo hasta la historia de la república. Creo que en esos momentos decidí involucrarme con aquellos objetos que significaban o simbolizaban un pueblo que ocupó esta geografía muchísimo antes que mis contemporáneos y hasta me atreví a pensar que podía ser descendiente de aquellos antiguos peruanos y con mayor responsabilidad debería conocerlos mejor.