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jueves, 6 de febrero de 2014

Bustamante y Odría: Corregidos. Por Agustín Haya de la Torre

En los debates sobre la sentencia de la Corte Internacional de Justicia de La Haya acerca de la demanda marítima del Perú con Chile, suele primar la impresión de que los vecinos del sur nos impusieron mediante diversas argucias o hasta invasiones económicas, el paralelo geográfico como límite marítimo.

No es así. La determinación del paralelo como frontera marina, resulta en principio un acto propio del Estado peruano, cuando el presidente José Luis Bustamante y Rivero proclama mediante el Decreto Supremo 781 de 1947, la soberanía y jurisdicción del país sobre el mar adyacente a sus costas. Traza entonces una línea paralela a la costa hasta las 200 millas, medida desde los paralelos de latitud que limitan con Chile y Ecuador.

La misma fórmula vuelve a incluirse en la Convención de 1954 titulada específicamente como “zona fronteriza marítima”. El reconocimiento del paralelo geográfico como delimitación, deviene de la propia decisión del Perú. Si bien no toma las características formales de un tratado de límites, permite un ejercicio real de dominio de las partes desde dicha latitud y por lo mismo, la Corte reconoce una “frontera tácita”.

Bustamante inscribe a la república en una corriente que inició Harry Truman, a la sazón presidente de los Estados Unidos de América, en setiembre de 1945, cuando proclamó la soberanía sobre los recursos marinos y la plataforma continental en alta mar. Gobernantes latinoamericanos como el mexicano Manuel Ávila Camacho y Juan Domingo Perón, hicieron lo propio. Dos meses antes que el mandatario peruano, el chileno Gabriel González Videla postuló por primera vez la jurisdicción sobre las 200 millas.

Tales posturas aumentaron luego con decisiones diversas, donde quedaba superada la vieja tesis de las tres millas de mar territorial. De allí en adelante las Naciones Unidas promovieron conferencias especializadas que originaron la Convención del Mar, aprobada en 1982 y que a la fecha cuenta con la ratificación de 166 países,

La Convención es uno de los instrumentos más avanzados del derecho internacional, pues permite el ejercicio de la soberanía y jurisdicción de los Estados ribereños sobre los recursos naturales hasta una extensión de 200 millas náuticas. Recoge así las tesis latinoamericanas y crea un derecho del mar que protege a los países de la explotación unilateral de cualquier potencia o firma transnacional.

Las dos últimas constituciones del Perú recogen exactamente los conceptos de soberanía y jurisdicción sobre el mar adyacente, conforme lo define la Convención para la zona económica exclusiva de 200 millas.

A decir verdad, la sentencia de La Haya corrige el decreto de Bustamante y el Convenio de la época de Odría que firmó David Aguilar Cornejo, basándose en los postulados de la Convención del Mar, que señalan que donde no existan tratados específicos, la línea equidistante resuelve el problema.

La sagaz demanda de Alan García nos sacó finalmente de los límites fijados 67 años atrás.

viernes, 31 de enero de 2014

Ganó la paz. Por Agustín Haya de la Torre

Seis años después de plantear la demanda marítima contra Chile por parte del Perú, la Corte Internacional de Justicia de La Haya emite una sentencia que reconoce el paralelo de latitud como límite hasta la milla 80 y a partir de allí, una línea equidistante en dirección sur oeste.



Conclusión ingeniosa que recoge argumentos jurídicos y un criterio de equidad que no agravie a las partes ni genere mayores problemas de los que pretende resolver. Incluye cierta creatividad desconcertante, como la que ve la luz de los faros, colocados de común acuerdo, mucho más allá del horizonte.

Para el Perú, el tema solo puede entenderse desde la perspectiva del Decreto Supremo 781 de 1947, cuando José Luis Bustamante y Rivero proclama nuestra soberanía sobre el mar adyacente hasta una distancia de 200 millas paralela a la costa, desde los paralelos geográficos que limitan con Chile y Ecuador. Si bien la Corte descarta el DS por unilateral, sirvió de base para las posteriores declaraciones sobre zonas de pesca y en particular para el acuerdo de 1954, denominado “Convenio especial sobre zona fronteriza marítima”, donde en consonancia a lo ya señalado por Bustamante, quedan reconocidos los paralelos como límite.

Como solo fija una zona especial de 10 millas por lado desde la milla 12, el alto Tribunal no asume que tenga las características de un tratado, pero le sirve para argumentar la preexistencia de una “frontera tácita”, sustento del statu quo vigente desde el 47 hasta el domingo pasado. 

Al definir que el paralelo persiste como límite pero solo hasta la milla 80, produce un corte sorprendente por la falta de antecedentes en la materia, pero inteligente para sus propósitos arbitrales: ratifica para Arica su zona de riqueza pesquera y evita un colapso económico en esa región, cuyas repercusiones podían generar una crisis interna de envergadura.

Al introducir a partir de allí la equidistancia, le permite al Perú incorporar 21 mil km2 de mar que poseía Chile y de paso afianzar el dominio peruano en otros 29 mil km2 que aunque fuera del límite chileno, Santiago pretendía consagrar como aguas internacionales. Así el Perú gana una porción de 50 mil km2 de mar y Chile mantiene sus pesquerías.

Un fallo salomónico, aunque a diferencia de la leyenda hebrea, nadie renunció a la criatura sino que ambos países apostaron por una solución civilizada, encargándole a una instancia de las Naciones Unidas resolver el pleito.

En los dos lados muchos esperaban un triunfo completo, estado de ánimo comprensible pero que evitaba cualquier solución racional. Felizmente los tres gobiernos peruanos que manejaron el tema, lo asumieron como política de Estado y merecen el reconocimiento público. La aceptación del fallo por parte de los presidentes Sebastián Piñera y Ollanta Humala, es un hito decisivo para construir un futuro de paz y prosperidad. Ahora para proteger nuestros intereses, debemos firmar la Convención del Mar.

jueves, 23 de enero de 2014

Banderas indoamericanas. Por Agustín Haya de la Torre

El fallo del próximo 27 de enero, cuando el juez de La Haya lea la sentencia que resuelva el diferendo marítimo entre Perú y Chile, significará para el país, 193 años después, el último trazo en la formación de sus fronteras.

Cuando nació la República, los límites provinieron de la herencia colonial y en nuestro caso, el asunto acabó en dificultades. El enorme espacio virreinal creado en 1542 por Carlos I, abarcaba desde Panamá hasta la Tierra del Fuego, e incluía prácticamente toda la América del Sur; salvo el Brasil portugués y Venezuela, perteneciente al Virreinato de Nueva España a través de la Audiencia de Santo Domingo. Dividido por los Borbones en el siglo XVIII, aparecieron entonces los virreinatos de Nueva Granada y del Río de la Plata. Luego, por disposición de Carlos III, otra reorganización interna formó las intendencias.

Sobre sus confines nació la patria independiente, no sin problemas porque la geografía, todavía inmensa, contaba con una población que no llegaba al millón y medio de habitantes. Cuando capituló la Corona tras la batalla de Ayacucho y los realistas abandonaron en 1824 Cusco, su última capital, ya nuevos países acompañaban al Perú.

En toda la región la definición de los hitos arrastró a conflictos y guerras fratricidas que nos alejaban del sueño bolivariano. Los nacionalismos echaron más leña al fuego y llegaron a mezclar reivindicaciones étnicas en la administración política.


El siglo pasado vio guerras de conquista que al igual que las del XIX, enfrentaron a hermanos contra hermanos. La singularidad indo o latino americana, soñada por Simón Bolívar, José Martí, Rubén Darío y Haya de la Torre, nunca dejó de latir. La corriente integracionista confrontó siempre a los pequeños nacionalismos de cualquier tipo. Desde la segunda mitad del siglo XX, no sin complicaciones, la idea de la unidad continental empezó a forjarse.

Los conflictos fronterizos generaban trabas aunque la exploración de nuevos caminos integradores dio frutos. Por momentos si los esfuerzos parecen dispersarse, los avances son más importantes. Los países que superan sus diferencias limítrofes, dan pasos más seguros y ayudan a los demás.

La paradoja histórica enseña que en el imperio colonial, pese a las grandes distancias, predominó una visión universalista, que llevó a gobernar vastos territorios, mucho mayores que las posteriores repúblicas.
El término de la disputa marítima con nuestro vecino del sur debe convertirse en un paso decisivo hacia la integración. Desde Unasur a la Alianza del Pacífico, fortalecer la relación con Chile forma parte del futuro de prosperidad democrática al que debemos aspirar. Así como enterramos el pasado beligerante con Ecuador y convertimos la frontera en un dinámico espacio regional, lo mismo debe suceder en el sur.


Que las banderas que levantemos, cualquiera sea el fallo, sean las de la unidad y la integración de nuestros pueblos.