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miércoles, 16 de noviembre de 2011

Humala, Chehade y el general Velasco. Por Hugo Vallenas


¿Que sucedió en verdad?

El destacado historiador, buen amigo de La Sopa Teóloga y notable cultor del afro-jazz (lidera el grupo Lavanda Afro & Rock), don Daniel Parodi, ha publicado en La República del 11 de noviembre un elocuente artículo demandando al PresidenteHumala cumplir con sus promesas de respaldo a los trabajadores y campesinos azucareros de Andahuasi. Para quienes no han podido leerlo lo transcribimos más abajo.


Totalmente de acuerdo con don Daniel en que “combatir la desigualdad y la exclusión no es parte de la agenda neoliberal”, por lo cual se hace indispensable que el Presidente Humala “lidere” y “expulse de su entorno” a quienes representan no sólo corrupción sino además complicidad con intereses monopolistas, como es el caso del vicepresidente Chehade, lobbysta del grupo Wong. En La Sopa Teóloga no nos hacemos muchas ilusiones respecto al actual gobierno pero igual es indispensable exigir la salida de los grupos más retardatarios y antidemocráticos.

Sin embargo, no deja de ser importante discutir los referentes teóricos del planteamiento del profesor Parodi. Él señala como un dato fundamental a tomar en cuenta la reforma agraria que “en 1969 [el general Juan Velasco] aplicó y acabó con el latifundismo, el gamonalismo, el señorialismo, y con todos los  rezagos coloniales que aún pervivían en nuestra serranía, tan alejada de la ciudadanía, de la inclusión y de la igualdad”. Añade don Daniel que Velasco consideró “imperativo acabar con la oligarquía” en un país que “hacía rato que no estaba para patrones y aristocracias”.

Una mirada crítica a la reforma agraria velasquista

Ojalá fuera cierto todo lo que refiere Daniel Parodi. El general Velasco tomó el poder en octubre de 1968 con un firme propósito reformista pero no tuvo un equipo de cuadros de conducción política ni un movimiento o partido político que le diera respaldo para desarrollar sus objetivos. Ni siquiera tuvo el consenso adecuado en la propia Fuerza Armada. Por tratarse de una dictadura, la gestión de la reforma agraria iniciada en 1969 fue excesivamente vertical y económicamente deficiente.

Octubre de 1969: El general Velasco celebrando el primer aniversario de su gobierno de facto en la Plaza de Armas de Trujillo (Foto de Caretas Nº 404, 15-24 Oct. 69)
A diferencia de la revolución mexicana, que sentó la premisa de la nacionalización de la tierra para luego transferirla a los campesinos (como postulaba el APRA en 1926 y 1928), dejando en manos del Estado todos los pormenores de la indemnización a los antiguos latifundistas; la reforma agraria peruana de 1969-1975 estableció una lista de cuotas de afectación y transfirió todas las obligaciones de la deuda agraria a los adjudicatarios, que sólo tenían una reserva de dominio temporal sobre la tierra. A esto se agregó la arbitraria imposición de tres tipos de empresas asociativas que el Estado teledirigía: las cooperativas agrarias de producción (CAPs), las sociedades agrícolas de interés social (SAIS) y las empresas rurales de propiedad social (ERPS), cuyas decisiones gerenciales eran dictadas por el gobierno al margen de los campesinos.

La reforma agraria militar quedó inconclusa y cimentó una crisis productiva, que nos obligó a importar alimentos básicos. Hasta 1976 sólo el 39,6% de la PEA rural fue beneficiada por la reforma. Además, las nuevas formas empresariales (CAPs, SAIS y ERPS) resultaron ineficientes: llegaron a controlar el 45% de la tierra agrícola pero sólo generaban el 21,9% del valor bruto de producción agropecuario (VBPA). Y lo más importante de todo: la reforma no tomó en cuenta al millón de minifundistas con menos de 3 hectáreas que representaba casi la mitad de PEA rural (cuyo total sumaba 2,3 millones de trabajadores sin considerar sus familias); estos últimos siguieron desamparados desde el punto de vista legal y crediticio (ver: José Matos Mar y José Mejía: La reforma agraria en el Perú, IEP, Lima, 1980, cuadros 26, 27 y 28). La reforma agraria no llegó a cumplir sus fines y terminó siendo impopular.

La mejor prueba de ello es que la reforma agraria militar no generó un sindicalismo rural defensor del “proceso peruano”. Se formó, por el contrario, un fuerte sindicalismo campesino opositor “clasista” (es decir, comunista) que veía en la reforma agraria una maniobra para abrir el camino hacia la inversión rural a “los sectores más dinámicos y modernos de la burguesía monopólica”, antes marginados del campo por el viejo latifundismo conservador (ver: Luis Rocca Torres: Imperialismo en el Perú. Viejas ataduras con nuevos nudos. Imp. Ramos. Lima, 1973, p. 30).

Las empresas asociativas creadas con la reforma agraria militar tampoco tuvieron grandes inyecciones de capital ni políticas promocionales. Por ejemplo, las CAPs azucareras de la costa norte, no obstante sufrir una baja en los precios internacionales de sus exportaciones, mantuvieron una elevada presión tributaria y no se les concedió (como sí ocurrió con el sector minero privado de esos años) exoneraciones por reinversión. Al final el subsector colapsó y fue declarado en emergencia en 1977 (ver: Enrique Juscamaita y otros: La reforma agraria y permanencia de los enclaves en la periferia. El caso de la agroindustria azucarera peruana, ECO, Lima, 1978, p. 45).

El sociólogo Aníbal Quijano denunció en 1971 el nuevo tipo de conflictos que el gobierno militar generaba en las grandes haciendas intervenidas en la costa norte, entre ellas Tumán, donde se enfrentaban “los trabajadores de las ex haciendas cañaveraleras […] y la burocracia administrativa de las mismas”, ya que “los administradores, técnicos y dirigentes de las cooperativas agroindustriales tienen sueldos mucho más altos que cuando existía el régimen terrateniente privado” (ver: Aníbal Quijano Obregón: Nacionalismo, neoimperialismo y militarismo en el Perú, Ed. Periferia, Buenos Aires, 1971, p. 207). La corrupción rápidamente tomó control del proceso reformista, amparada por el sistema dictatorial.

Y respecto al punto de vista del campesinado organizado, esta es la percepción de la reforma agraria que difundían los dirigentes campesinos “clasistas” (que eran además perseguidos por la dictadura): “Conviene precisar aquí el sentido de la llamada reserva de dominio de la que los intelectuales nacionalistas reformistas ‘militantes del proceso’ no dicen una sola palabra. Para estos, los campesinos ya son ‘dueños de su destino’, ya son ‘propietarios de sus medios de producción’, y eso no es cierto. Serán propietarios cuando hayan pagado toda la deuda agraria. La reserva de dominio la tiene el Estado, que conserva el derecho de despojar la adjudicación de los predios a los campesinos que no han cumplido con pagar” (ver: Pedro Atusparia: La izquierda y la reforma agraria peruana, Ediciones Labor, Lima, 1977, pp. 5 y 6).

Por cierto, esto no niega que la reforma agraria velasquista tuvo una gran importancia política (puso en evidencia la cruda realidad del latifundismo hasta para el peruano más desinformado) y prestó atención a la protesta secular de los campesinos. Pero no podemos idealizarla ni tomarla como un modelo válido. Fue dictatorial y al final fue capturada y aprovechada por los “monopolistas modernos” del estilo de Dionisio Romero.

Este comentario tampoco puede desconocer que la reforma agraria velasquista llenó un vacío político creado por los drásticos recortes que hizo nuestro querido Partido Aprista Peruano al programa agrario que lo caracterizó desde su fundación. En sus Congresos internos, el PAP reafirmaba su adhesión a los principios agrarios de la revolución mexicana pero en la política cotidiana, al menos desde 1963 hasta 1968, supeditó sus propuestas a los intereses de los grandes propietarios agroindustriales que formaban parte del partido que era su aliado parlamentario, la Unión Nacional Odriísta (por ejemplo Julio de la Piedra, connotado líder de la UNO, era el principal propietario de la hacienda Pomalca).



domingo, 6 de noviembre de 2011

Comentarios sueltos - Corruptos blindados. Escribe José Faustino


 Corruptos blindados. Escribe José Faustino
Resulta chocante ver la vehemencia con la que Javier Diez Canseco defiende al lobista Omar Chehade. Su exaltación profesional cultivada durante treinta años de parlamentario, puesta al servicio de un sinvergüenza, obliga a revisar las características de la alianza gobiernista.
Uno de los lemas principales de la campaña de la “gran transformación”, fue precisamente el de la lucha contra la corrupción y es en este tema donde en sus primeros cien días han naufragado estrepitosamente. Todo empezó con el viaje extra oficial de Alexis Humala y dos congresistas electos a Rusia, para negociar armamento, pesca y gas .En ese momento la opinión pública descubrió además, que sus acompañantes huanuqueños tenían vínculos con el narcotráfico. En las primeras semanas de iniciada la legislatura, saltaron otros casos de congresistas corruptos de la bancada oficialista.
Apareció la denuncia contra Amado Romero, representante de Madre de Dios, quien cobraría cinco kilos mensuales de oro (300 mil dólares) por proteger a los mineros ilegales. Luego contra Gloria Anicama y su esposo, de la empresa de cable pisqueña Orión, por piratería. También nos enteramos que el agitador de Andahuasi Wilder Ruiz, defensor del grupo Bustamante, tenía decenas de denuncias y procesos judiciales.
Para coronar el pastel, se descubre que el vicepresidente Omar Chehade estaba metido en oscuros enredos. Tenía escandalizados con sus presiones a los jueces, visitaba ministros para que favorezcan ilegalmente a determinadas empresas y finalmente convocaba al alto mando policial para sobornarlos, a fin de que que desaloje Andahuasi a favor del grupo chileno Wong.
Hace semanas que estas denuncias ocupan los titulares de los medios y el gobierno no sólo se lava las manos, sino que el propio Chehade lideró su blindaje llevando de las narices a la bancada oficialista en este trance.
Esto no resulta extraño porque en realidad no se trata de advenedizos en el nacionalismo. Romero, Anicama, Ruiz y los congresistas huanuqueños, entre otros, han desempeñado intensa labor partidaria en sus departamentos. Son los líderes provincianos del nacionalismo, que han encabezado movilizaciones, paros, y campañas contra el gobierno aprista. Romero por ejemplo, financiaba grandes manifestaciones de miles de mineros ilegales que llegaron a tomar y saquear Puerto Maldonado. Los medios de la pareja Anicama en Pisco agitaban mañana tarde y noche contra la reconstrucción, creando malestar y desasosiego con todo tipo de falsedades. Ruiz promovió varias tomas de carreteras y acciones violentas en Andahuasi.
Ninguno de los mencionados es además gente pobre. Al contrario, son parte de ese capitalismo emergente, enriquecido en la informalidad, al que no le interesan leyes ni constituciones y mucho menos pagar impuestos, sólo lucrar. y financiar al político que los ampare.
De la misma forma como los cocaleros enriquecidos con el narcotráfico se adhirieron al naciente humalismo y hasta lograron elegir representantes, estos ricos capitalistas marginales son parte esencial del movimiento. Lo han formado, lo han solventado, son sus líderes.
El mismo Chehade es el abogado de Ollanta Humala en el juicio de Madre Mía, donde la pérdida de expedientes y el soborno de testigos para ocultar las graves violaciones de los derechos humanos son por todos conocidas.
Es decir, los “comeoro”, “robacables”, “comeazúcar” y amigos de los narcos, forman la base militante y dirigente del nacionalismo. Diez Canseco, si quiere ganarse el liderazgo de esa bancada de bandoleros, pues tiene que defenderlos. Es más, como está desesperado por presidir la comisión contra García, sin duda su mayor obsesión siquiátrica desde hace cuarenta años, pues tiene que dar muestras de su fidelidad a los corruptos que lo van a elegir.

Más bien el problema de Humala es que si quiere seguir en su nuevo libreto de centroderecha aplicando el modelo económico que antes criticaba, va a tener también que demostrar que no está tan comprometido con los impresentables parlamentarios que lidera Chehade y blinda Diez Canseco.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Solucionética – Chehade no es el tema. Por Luis Zaldívar


 Chehade no es el tema. Por Luis Zaldívar

Esta semana la oposición al humalismo ha tenido su primera victoria mediática al lograr que el diario oficialista La Primera tenga en primera plana el escándalo del vicepresidente Omar Chehade y su lobby al grupo Wong.  Más allá de qué es lo que se dijo en el exclusivo restaurante miraflorino (de lo cual ya hay más de una versión), me atrevo a decir que no se están discutiendo los temas importantes que pueden desembocar en una verdadera crisis política.

Es un gobierno improvisado

No hay que ser un genio para dilucidarlo, pero si algo queda claro de la cantidad de congresistas oficialistas envueltos en escándalos y las políticas públicas impulsadas hasta el momento, es que la alianza que llevó a Humala a palacio no tiene la menor idea de cómo gobernar. Lo que se discutía en la segunda vuelta sobre lo confuso que iba a ser gobernar con una “hoja de ruta” o un “compromiso con el Perú” ha terminado siendo la pura verdad: nadie sabe qué va a hacer el gobierno humalista el día de mañana más allá de mantener las formas. Por un lado el ministro de agricultura hace sunegocio de hilado en contra de los empresarios de Gamarra, por otro lado Miguel Castilla ordena que el sueldo se mejorará siguiendo estándares neoliberales, por allí Mocha García quiere –igual que la alcaldesa de Lima– acabar con ladiscriminación sexual a base de puras consignas. Sólo el sancochado de PPK nos ofrece más variedad.

Parece que el “voto vigilante” de Toledo ha impuesto su estilo, y el futuro parece incierto

La alianza es débil

El primer intento de defensa de Omar Chehade luego de su almuerzo conspirador fue argumentar (¡sorpresa!) una conspiración aprista. 


Lamentablemente la denuncia no vino de ningún medio ligado al APRA (¿existen?), sino de uno de los medios preferidos del caviarato nacional, IDL – Reporteros, que ganaron mucha fama denunciando el gobierno de Alan García. La tesis no solamente no se sostiene, sino que refleja lo desesperado que el actual vicepresidente se siente frente a una ofensiva de sus supuestos aliados.

La autoproclamada izquierda peruana en general no se está bancando el gobierno humalista,  ni lo va a hacer. Todos sabemos que en aquellos sectores que guardan la hoz y el martillo bajo el colchón el peor de los delitos es defender a nadie que tenga poder públicamente; es preferible conversar por lo bajo y al final hacerse el muertito para cobrar bien y a largo plazo (preguntar a Javier Diez Canseco). Por otro lado, aquellos universitarios clase “media alta” que viven ilusionados con lo que les han dicho que son las ideas de Mariátegui (porque no han leído más allá de algún librito-resumen), consideran que es poco cool defender a Humala porque todavía no ha pintado Palacio de amarillo ni ha hecho un concierto de La Sarita en el poder judicial.

El nacionalismo se ha quedado nada más en alianza franca con los cuatro gatos extremistas senderófilos de algunas universidades nacionales y con la CGTP que ha encontrado negocio en ser la fuerza de choque de un gobierno que rápidamente va perdiendo popularidad.

Eso no va a ser suficiente para gobernar 5 años.

Humala no habla

Personalmente lo que más me preocupa es que el presidente de la república no tiene nada que decir respecto a la situación del país. No solamente sobre Chehade, o sobre sus congresistas de ultratumba, sino sobre cualquier cosa.

Tal vez sea su buena aprobación, o tal vez siente que no es su trabajo, pero el hecho es que ningún peruano buscando saber cuáles son las políticas de este gobierno sabe en qué sentido se dirige el presidente. Considerando que Ollanta ha pasado por el etnocacerismo, por el chavismo, por el comunismo de Félix Jiménez, por la caviarada pro Toledo, por el Vargas Llosismo, y actualmente por una forma mal lograda de alanismo, los peruanos pedimos a gritos que se pronuncie.

Hace unos meses el actual presidente era el más activo crítico de la política económica del anterior gobierno, y ahora se ufana de tener una economía con crecimiento sostenido. Hace solamente semanas el presidente declaró que FORSUR se iba a desactivar, y ahora sin ningún intermedio a nombrado a su nuevo directivo. Hace unos días detuvo el trasvase del río marañón y anunció que iría“personalmente” a luchar contra la corrupción[11], pero ahora nadie lo puede encontrar para que declare sobre su gente. El presidente declara para repetir consignas, pero no hay sustancia en sus declaraciones y no permite que lo interroguen.

Así, se va formando la sensación de que este es un gobierno que no va ni para atrás ni para adelante, y que sus políticas no tienen una brújula, sino varias que pueden ir cruzándose por la falta de un liderazgo que les señale el rumbo. Ojalá que el presidente no esté de acuerdo conmigo, que ya sabemos que es lo que entienden los militares por “necesidad de liderazgo”