Pensamiento libre sin ideología es como coito asistido

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martes, 16 de abril de 2013

El verdadero Mariátegui. Por Hugo Vallenas



El 16 de abril de 1930, hace 83 años, falleció en Lima José Carlos Mariátegui, brillante intelectual autodidacta que fundó el pensamiento marxista en el Perú. Lamentablemente, de su esfuerzo solo logró germinar un minúsculo conglomerado de agrupamientos que se atribuyen el nombre de Partido Comunista Peruano (entre estas diversas facciones se encuentra el funesto grupo “Sendero Luminoso”).

Si bien José Carlos Mariátegui era un comunista “convicto y confeso”, no fundó el 7 de octubre de 1928 el Partido Comunista Peruano sino el Partido Socialista del Perú, agrupación cercana pero no afiliada al comunismo, dentro de la cual hubo un pequeño núcleo comunista. En esa ocasión fue cofundador del PSP el grupo socialista de Luciano Castillo, que no tenía afinidad alguna con las ideas de Mariátegui y pronto se apartó.

El PSP fue transformado en PCP en abril de 1930 (apenas fallecido Mariátegui) por Eudocio
Ravines, enviado de la Internacional Comunista, quien excomulgó las ideas de Mariátegui bajo el epíteto de ser “populistas” y “pequeño-burguesas” y orientó la política de este grupo hacia reiterados desastres. Pero esta segunda fundación no la celebran los comunistas peruanos porque en 1942, tanto Ravines como los principales integrantes del núcleo fundador de 1928: Esteban Pavletich, Julio Portocarrero, Ricardo Martínez de la Torre, etc., fueron expulsados por colaborar ignominiosamente con el gobierno de Manuel Prado. Ravines se convirtió, casi de inmediato, en un defensor de la extrema derecha peruana y pronto se reveló que siendo dirigente del PCP ya era un agente de la CIA (la Central de Inteligencia de los EE UU).


Desde 1930, el PCP ha ido de tumbo en tumbo y subdividiéndose hasta el infinito. Hemos tenido el PCP “Unidad” (prosoviético y ardorosamente provelasquista entre 1968-1975); el PCP “Bandera Roja” (maoísta y luego “albanés"); el PC del P “Patria Roja” (maoísta del “librito rojo” y hoy seguidor del PC Chino proimperialista); y el PCP “Por el sendero luminoso de José Carlos Mariátegui” (más conocido como “Sendero” a secas). Ha habido además una larga serie de sub grupos de corta vida como “Puka llacta”, “Estrella Roja”, etc., etc.; y diversos grupos comunistas de origen “no tradicional” como el MIR de las guerrillas de 1965 y los distintos desgajamientos de Vanguardia Revolucionaria que incluyen el Partido Comunista Revolucionario (PCR), el PUM (Partido Unificado Mariateguista) y otros más que se pierden en el infinito.


En cada crisis y fraccionamiento, los pequeños caudillos en pugna no consiguen organizar una argumentación política convincente. Por esta razón suelen refugiarse en los breves textos legados por Mariátegui, dándole a los breves artículos y comentarios periodísticos que publicó en su corta vida, la dimensión de magnos tratados científicos.

Con todo el respeto que se merece la honesta figura de José Carlos Mariátegui, es indispensable reconocer que su legado no tiene la envergadura ni la trascendencia que sus epígonos pretenden. Esa insuficiencia es parte de la crisis permanente de los comunistas criollos.


Acompañándolos en esta triste celebración, ofrecemos a nuestros lectores rojos y rosaditos el
artículo de Hugo Vallenas titulado “El verdadero Mariátegui”. Este artículo se publicó con motivo del aniversario del natalicio de JCM en 1989, hace 22 años. Los argumentos siguen vigentes ya que los “rabanitos” comunistas y comunistoides no tienen nada nuevo que decir.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Solucionética - Ellos nunca fueron izquierda. Por Luis Zaldívar



Solucionética – Ellos nunca fueron izquierda. Por Luis Zaldívar

Salomón Lerner y su gabinete arcoíris (JDC dixit) ha terminado siendo relevado por los conflictos internos y la incapacidad de algunos ministros para mostrar siquiera un plan de trabajo coherente.

Ante la crisis de Cajamarca anduvieron en marchas y contramarchas contradiciéndose en sus propuestas y ahondando los problemas tanto por el lado del gobierno regional como por el lado del sector empresarial. El fracaso del proyecto en Mina Conga es enteramente culpa del gabinete que ya se fue. Que el nuevo primer ministro anuncie que el problema ambiental de Mina Conga va ser sometido a un “peritaje internacional” muestra hasta qué punto el poder ejecutivo cayó en el total descrédito hasta para sus propios integrantes, todo por culpa de don “Siomi” y sus allegados.

La noticia de la caída en picada del señor Siomi fue sorpresiva para casi todos, incluso para los que vaticinamos que el gobierno no tenía rumbo, ya que todo parecía indicar que al comandante-presidente no le convenía mostrar sus heridas de guerra en forma tan explícita. Lo lógico era que el gabinete, buscando un perfil bajo y disimulando las contusiones, tenga algunos cambios en enero o febrero como es lo tradicional.


Pero lo que sí me ha sorprendido es el aullido desesperado de quienes dicen ser la izquierda peruana y que en menos de cinco meses han tiraron la toalla y ahora le llaman derechista al gobierno.  Mario Huamán ha salido a promover que “los gremios encaren” a humala, y la presión de los amigos de esos consultores inútiles para la política llamado Ciudadanos para el Cambio es tanto que el amo y señor de la verdad y la moralidad César Hildebrandt  ha encontrado su nicho publicitario para los próximos cinco años llamándole a Humala derechista.  Ante el desconcierto, han optado por hacer lo único que saben hacer: indignarse.

Todo eso tendría sentido aparente, si no fuese porque ni Humala candidato ni Humala presidente representaron ni ligeramente un pensamiento de izquierda. Nunca tuvo una propuesta de cambio ni en el Plan de Gobierno de 197 páginas de diciembre del 2010 (a menos que confundamos cambio social con estatismo-populista) ni en la Hoja de Ruta de mayo del 2011; y siempre estuvo rodeado del grupo militarista que ahora controla el 100% del poder, que el propio Salomón Lerner Ghitis ayudó a convocar y organizar, dando una esquinita a los caviares para disimular las cosas.

Durante la campaña, el establishment social-confuso (que comprende al abanico político que va desde la alcaldesa Susana Villarán hasta el doctor Javier Diez Canseco, pasando por sus diversas ONG’s) intentó convencerse a sí mismo que Humala era la esperanza para un gobierno de izquierda, y cuando ganó, sintieron que ellos habían logrado el triunfo. Y no era porque creyeran realmente en Humala sino porque creían posible influirlo y controlarlo (hemos escuchado decir esto a sus voceros en todas las universidades).

 No se les ocurrió reflexionar en la trayectoria de Humala entre los sectores más reaccionarios y autoritarios del país, incluidos sus discípulos fascistas del etnocacerismo (con los que aparentó deslindar para llegar a ser presidente), ni tampoco pensaron que la argolla militar que siempre lo ha respaldado iba a dejar pasar a los seudoizquierdistas como Pedro por su casa. Ni siquiera se les ocurrió pensar mal del financiamiento brasilero y el hecho evidentísimo que Humala fue en la segunda vuelta, obviamente, el representante de buena parte del empresariado que lo convirtió en el candidato con más dinero, y menos importó que Humala nunca vaya con ellos a ningún lado ni a ningún mitin… Cuando terminó el ruedo electoral, los hijos huérfanos del muro de Berlín pensaron que era su hora, y acudieron a pedir puestos públicos sin piedad, incluidos algunos apristas despistados como el señor Luis Alberto Salgado.

A la hora de los loros, Humala se muestra claramente como un presidente que sólo respeta sus intereses de grupo más inmediatos y que gobierna como le salga; que atornilla a sus allegados de confianza, expectora a los que le cae antipáticos y que no tiene ideas programáticas más allá de los slogans de campaña que le recitan sus asesores y una que otra repasada al militarismo. Lo que era visible, que Humala no daba la talla para conducir un país, es comprobado cada vez que Humala toma el micrófono para dar uno de sus terribles discursos, siempre rodeados de tropas del ejército armadas hasta los dientes. Los peruanos sufrimos, pero más sufren los que se llenaban la boca en contra de gobiernos pasados y ahora son cómplices de un futuro incierto.

La realidad ha devuelto al caviarato a su esquinita de siempre, desorientados y buscando culpas en los demás antes de darse cuenta que hacer política no es reunirse con sus patas tecnócratas de siempre en los cafés de moda para ver de quien se cuelgan las siguientes elecciones.

De hecho, todos los que nos sentimos de izquierda tenemos un arduo trabajo pedagógico y organizativo que hacer en el futuro, pero debemos tener en claro que el cambio no se genera vendiendo rollos en contra del “modelo”, sino buscando trabajar concertaciones amplias en donde podamos llevar más democracia sin favorecer a una argolla militar respaldada por algunos grupos empresariales y un grupo de aventureros civiles. Ser de izquierda no es ser estatista, ni lobbista de ONG’s socialdemócratas, ni inflar mucho el pecho como gallitos frente a los empresarios para luego pasar a pedir limosna, sino entender que el gran trabajo político se da en la afirmación de una democracia funcional en donde todos se vean representados y se desarrollen proyectos técnicamente impecables y eficientes, trabajo que corresponde tanto al partido que llegue al Estado como a los partidos que organizan a la sociedad civil, no a colectivos superfluos y a ONGs que se divierten paseando a señores en trajes típicos mientras sus familias no tienen calzado.

Hacia allá debemos ir, aunque dudo mucho que nuestro presidente se dé el trabajo de leer a sus opositores. Ojalá que sí.   

jueves, 17 de noviembre de 2011

Respuesta de Daniel Parodi a Hugo Vallenas respecto a la Reforma Agraria


Muy agradecidos, publicamos la respuesta de Daniel Parodi a la réplica que Hugo Vallenas hiciera a su artículo en La República. 

La Reforma Agraria de Velasco da para seguir dialogando, y es para sentirnos orgullosos de que tenemos a dos historiadores de nivel interesados en debatir con ideas frescas uno de los procesos más importantes del siglo XX,. ¡Muchas gracias Daniel!

Un debate muy contemporáneo (foto del 2011)

Querido Hugo:

Te respondo más bien de manera breve las interesantes observaciones que le haces a mi artículo “El otro Andahuasi” porque, en realidad, nuestras coincidencias son mucho más de lo que parecen y superan largamente nuestras discrepancias.

Hay tres puntos que sí quisiera discutir contigo:

Daniel Parodi
1.- En tu réplica citas una serie de autores que ofrece datos estadísticos acerca de los negativos resultados de la Reforma Agraria.  Parecería, por ello, que yo hubiese presentado una Reforma Agraria exitosa y triunfal, cuando lo que he dicho en mi artículo es que “las reformas de Velasco lastimaron el aparato productivo nacional, la sustitución de importaciones no funcionó, y nuestro Estado, entre la bancarrota y el terrorismo, estaba ávido de capitales frescos que proviniesen del sector privado. De allí la ley fujimorista de 1995 que creó las condiciones para la privatización irrestricta de la tierra y de allí también que la mayoría de cooperativas agrarias se haya reprivatizado”.
En tal sentido, lo que haces parecer como el centro de nuestra discrepancia es en realidad una coincidencia y por ello nada más tengo que añadir al respecto.

2.- Lo que sí sostengo en mi artículo –y me reafirmo en el concepto- es que Velasco “acabó con el latifundismo, el gamonalismo, el señorialismo, y con todos los  rezagos coloniales que aún pervivían en nuestra serranía, tan alejada de la ciudadanía, de la inclusión y de la igualdad.” En otras palabras, con Velasco se eliminan los rezagos de antiguas formas de dominación, profundamente arraigadas, que durante buena parte del siglo XX fueron denunciadas por el aprismo, el movimiento indigenista, entre otros. Los errores en la formulación de esta Reforma Agraria –que tú has apuntado de manera muy documentada e irrebatible- generan problemáticas nuevas, pero son otras problemáticas. La Reforma Agraria de Velasco no fue un éxito, no permaneció, no generó –como tú dices y yo omití en El Otro Andahuasi-  un modelo a seguir, entonces lo aclaro en estas líneas.


3.- Vinculado con el punto anterior, tú sostienes que la Reforma Agraria  sólo puso en evidencia la cruda realidad del latifundismo, cuando yo pienso que acabó con él, a pesar de generar nuevas problemáticas. Cuestionas además la verticalidad de la Reforma toda vez que fue ejecutada por un gobierno militar. Aquí yo encuentro que recoges un lugar común en el aprismo en torno al velascato. Así, por ejemplo, hace muchos años escuché a Fernando León de Vivero sostener que Velasco quiso hacer revolución sin pueblo. Reconoces, no obstante, que las omisiones programáticas del Partido Aprista favorecieron la aplicación de otras alternativas, y es aquí donde yo encuentro un primer paso para reinterpretar Velasco desde una mirada más contemporánea.

Vallenas y dos gamonales

Sobre el particular, yo creo que la tarea es historizar más el siglo XX, lo que implica separar el análisis histórico del juicio político. Así como he cuestionado a Nelson Manrique por utilizar en su estudio sobre el aprismo una serie de lugares comunes de la Nueva Izquierda setentera, pienso que también nosotros deberíamos despartidarizar el análisis histórico del siglo XX, para enfocarlo como un proceso de larga duración, rico, acelerado, conflictivo y complejo; y dentro de él colocar y discutir la trascendencia de sus diferentes actores.

Un abrazo fraterno

Daniel   

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Humala, Chehade y el general Velasco. Por Hugo Vallenas


¿Que sucedió en verdad?

El destacado historiador, buen amigo de La Sopa Teóloga y notable cultor del afro-jazz (lidera el grupo Lavanda Afro & Rock), don Daniel Parodi, ha publicado en La República del 11 de noviembre un elocuente artículo demandando al PresidenteHumala cumplir con sus promesas de respaldo a los trabajadores y campesinos azucareros de Andahuasi. Para quienes no han podido leerlo lo transcribimos más abajo.


Totalmente de acuerdo con don Daniel en que “combatir la desigualdad y la exclusión no es parte de la agenda neoliberal”, por lo cual se hace indispensable que el Presidente Humala “lidere” y “expulse de su entorno” a quienes representan no sólo corrupción sino además complicidad con intereses monopolistas, como es el caso del vicepresidente Chehade, lobbysta del grupo Wong. En La Sopa Teóloga no nos hacemos muchas ilusiones respecto al actual gobierno pero igual es indispensable exigir la salida de los grupos más retardatarios y antidemocráticos.

Sin embargo, no deja de ser importante discutir los referentes teóricos del planteamiento del profesor Parodi. Él señala como un dato fundamental a tomar en cuenta la reforma agraria que “en 1969 [el general Juan Velasco] aplicó y acabó con el latifundismo, el gamonalismo, el señorialismo, y con todos los  rezagos coloniales que aún pervivían en nuestra serranía, tan alejada de la ciudadanía, de la inclusión y de la igualdad”. Añade don Daniel que Velasco consideró “imperativo acabar con la oligarquía” en un país que “hacía rato que no estaba para patrones y aristocracias”.

Una mirada crítica a la reforma agraria velasquista

Ojalá fuera cierto todo lo que refiere Daniel Parodi. El general Velasco tomó el poder en octubre de 1968 con un firme propósito reformista pero no tuvo un equipo de cuadros de conducción política ni un movimiento o partido político que le diera respaldo para desarrollar sus objetivos. Ni siquiera tuvo el consenso adecuado en la propia Fuerza Armada. Por tratarse de una dictadura, la gestión de la reforma agraria iniciada en 1969 fue excesivamente vertical y económicamente deficiente.

Octubre de 1969: El general Velasco celebrando el primer aniversario de su gobierno de facto en la Plaza de Armas de Trujillo (Foto de Caretas Nº 404, 15-24 Oct. 69)
A diferencia de la revolución mexicana, que sentó la premisa de la nacionalización de la tierra para luego transferirla a los campesinos (como postulaba el APRA en 1926 y 1928), dejando en manos del Estado todos los pormenores de la indemnización a los antiguos latifundistas; la reforma agraria peruana de 1969-1975 estableció una lista de cuotas de afectación y transfirió todas las obligaciones de la deuda agraria a los adjudicatarios, que sólo tenían una reserva de dominio temporal sobre la tierra. A esto se agregó la arbitraria imposición de tres tipos de empresas asociativas que el Estado teledirigía: las cooperativas agrarias de producción (CAPs), las sociedades agrícolas de interés social (SAIS) y las empresas rurales de propiedad social (ERPS), cuyas decisiones gerenciales eran dictadas por el gobierno al margen de los campesinos.

La reforma agraria militar quedó inconclusa y cimentó una crisis productiva, que nos obligó a importar alimentos básicos. Hasta 1976 sólo el 39,6% de la PEA rural fue beneficiada por la reforma. Además, las nuevas formas empresariales (CAPs, SAIS y ERPS) resultaron ineficientes: llegaron a controlar el 45% de la tierra agrícola pero sólo generaban el 21,9% del valor bruto de producción agropecuario (VBPA). Y lo más importante de todo: la reforma no tomó en cuenta al millón de minifundistas con menos de 3 hectáreas que representaba casi la mitad de PEA rural (cuyo total sumaba 2,3 millones de trabajadores sin considerar sus familias); estos últimos siguieron desamparados desde el punto de vista legal y crediticio (ver: José Matos Mar y José Mejía: La reforma agraria en el Perú, IEP, Lima, 1980, cuadros 26, 27 y 28). La reforma agraria no llegó a cumplir sus fines y terminó siendo impopular.

La mejor prueba de ello es que la reforma agraria militar no generó un sindicalismo rural defensor del “proceso peruano”. Se formó, por el contrario, un fuerte sindicalismo campesino opositor “clasista” (es decir, comunista) que veía en la reforma agraria una maniobra para abrir el camino hacia la inversión rural a “los sectores más dinámicos y modernos de la burguesía monopólica”, antes marginados del campo por el viejo latifundismo conservador (ver: Luis Rocca Torres: Imperialismo en el Perú. Viejas ataduras con nuevos nudos. Imp. Ramos. Lima, 1973, p. 30).

Las empresas asociativas creadas con la reforma agraria militar tampoco tuvieron grandes inyecciones de capital ni políticas promocionales. Por ejemplo, las CAPs azucareras de la costa norte, no obstante sufrir una baja en los precios internacionales de sus exportaciones, mantuvieron una elevada presión tributaria y no se les concedió (como sí ocurrió con el sector minero privado de esos años) exoneraciones por reinversión. Al final el subsector colapsó y fue declarado en emergencia en 1977 (ver: Enrique Juscamaita y otros: La reforma agraria y permanencia de los enclaves en la periferia. El caso de la agroindustria azucarera peruana, ECO, Lima, 1978, p. 45).

El sociólogo Aníbal Quijano denunció en 1971 el nuevo tipo de conflictos que el gobierno militar generaba en las grandes haciendas intervenidas en la costa norte, entre ellas Tumán, donde se enfrentaban “los trabajadores de las ex haciendas cañaveraleras […] y la burocracia administrativa de las mismas”, ya que “los administradores, técnicos y dirigentes de las cooperativas agroindustriales tienen sueldos mucho más altos que cuando existía el régimen terrateniente privado” (ver: Aníbal Quijano Obregón: Nacionalismo, neoimperialismo y militarismo en el Perú, Ed. Periferia, Buenos Aires, 1971, p. 207). La corrupción rápidamente tomó control del proceso reformista, amparada por el sistema dictatorial.

Y respecto al punto de vista del campesinado organizado, esta es la percepción de la reforma agraria que difundían los dirigentes campesinos “clasistas” (que eran además perseguidos por la dictadura): “Conviene precisar aquí el sentido de la llamada reserva de dominio de la que los intelectuales nacionalistas reformistas ‘militantes del proceso’ no dicen una sola palabra. Para estos, los campesinos ya son ‘dueños de su destino’, ya son ‘propietarios de sus medios de producción’, y eso no es cierto. Serán propietarios cuando hayan pagado toda la deuda agraria. La reserva de dominio la tiene el Estado, que conserva el derecho de despojar la adjudicación de los predios a los campesinos que no han cumplido con pagar” (ver: Pedro Atusparia: La izquierda y la reforma agraria peruana, Ediciones Labor, Lima, 1977, pp. 5 y 6).

Por cierto, esto no niega que la reforma agraria velasquista tuvo una gran importancia política (puso en evidencia la cruda realidad del latifundismo hasta para el peruano más desinformado) y prestó atención a la protesta secular de los campesinos. Pero no podemos idealizarla ni tomarla como un modelo válido. Fue dictatorial y al final fue capturada y aprovechada por los “monopolistas modernos” del estilo de Dionisio Romero.

Este comentario tampoco puede desconocer que la reforma agraria velasquista llenó un vacío político creado por los drásticos recortes que hizo nuestro querido Partido Aprista Peruano al programa agrario que lo caracterizó desde su fundación. En sus Congresos internos, el PAP reafirmaba su adhesión a los principios agrarios de la revolución mexicana pero en la política cotidiana, al menos desde 1963 hasta 1968, supeditó sus propuestas a los intereses de los grandes propietarios agroindustriales que formaban parte del partido que era su aliado parlamentario, la Unión Nacional Odriísta (por ejemplo Julio de la Piedra, connotado líder de la UNO, era el principal propietario de la hacienda Pomalca).