Pensamiento libre sin ideología es como coito asistido

viernes, 15 de junio de 2012

COMPROMETIÉNDONOS- Voz militante: de la renovación partidaria. Por José Bulnes


La etapa auroral de nuestro partido ha quedado en la memoria de la historiografía peruana, así como la acción de los compañeros,  víctimas de la persecución militar y de la nefasta oligarquía, queda como ejemplo inspirador de las actuales generaciones apristas. Pero nuestro partido, fundado en 1930, sección del Aprismo Continental fundado en 1924,  no gobernó sino hasta 1985. Y en política, además de calar en la conciencia de la gente, la conciencia de los manuales e intelectuales, también es necesario administrar el poder del Estado, de lo contrario, cualquier movimiento o partido político será pura nómina, solo expresión utópica y mítica sin realidad: igual que el Comunismo criollo.  Por ello, era de vital necesidad evolucionar, pero la evolución en política no se reduce en paporretear la palabra institucionalización, como gustan de decir los compañeros con barniz caviar, situados en pomposas direcciones, sino en sintonizar con las demandas, interpretar en la práctica y a través de un mensaje claro y amplio lo que la ciudadanía necesita.

La renovación a la que hoy nosotros los militantes del partido llamamos, no es tan lejana a la renovación que se operó en vida del Jefe y después de su muerte. En vida Victor Raúl Haya de la Torre mantuvo el partido en una constante renovación, ejemplo de ello fue que, hacia 1940, elaborara la tesis de “interamericanismo democrático sin imperio”, expuesta en el Plan para la Afirmación de la Democracia,  sinónimo de evolución ideológica, que no implicaba la cancelación de las primeras tesis, sino la añadidura en el Programa Máximo  de un sexto punto que reflejaba el principio de superación dialéctico sobre el que se funda todo nuestro Aprismo. Esta tesis respondía a las cuatro libertades de Rossevelt y la tesis de desafío – respuesta, como base de la evolución de las civilizaciones, de Toynbee, en abierta confrontación al culto marxista y staliniano, y ante el nacionalismo “duro” del peronismo. Luego de su muerte, las luchas al interior de nuestro partido hubieron de descuidar  la periferia ciudadana: perdimos el vínculo directo con los no aprista, pero consentido del cambio social en democracia, que siempre han sido parte de nuestro ideario de acción.  Entonces el año de 1985 cuando por vez primera llegamos al poder fue nuestra gran primera prueba para ver si nuestro partido podía responder a la nueva realidad. Respondimos, aunque dentro de ciertas condiciones que hicieron difícil la implementación lograda y completa de nuestro programa de cambios.  El terrorismo, impregnado de voces renegadas desde el socialismo limeño, la izquierda ortodoxa y extremista, minó las condiciones desde las que se hubiera podido constituir una democracia social de avanzada completamente.  Pues estábamos en un contexto en el que nuestro país, con el gobierno aprista, lideraba movimientos como la restructuración de la deuda externa, reclamando cambios al FMI y el movimiento de los Países No Alineados, que demandaba lo que hoy se conoce como “inclusión social”, pero desde el aprismo en escala planetaria. Al mismo tiempo, la inflación, heredada del pusilánime gobierno de Belaunde, se agravó en los últimos tres años, en gran parte debido a la mezquindad de la empresa nacional.

Sin embargo, hubimos de resarcirnos en el 2006. Y ello se logró porque se ha venido dando una renovación en la forma aprista de ver el mundo. Dirán algunos que  esa nueva forma aprista de ver el mundo, llamada la del “perro del Hortelano”, o la del “entendimiento y diálogo con las grandes potencias económicas”, no es el camino más adecuado para que el partido recupere la mística y combatividad de otros años; sin embargo, contra este aprismo tipificado por algunos como “alanismo”, no se debe caer en el retorno al dogmatismo auroral. Para muchos compañeros que desean la renovación sus ideas se han estancado en la simbología, en la retórica auroral sin contenido concreto. En sí mismo ello no es negativo, pero sin la savia de la realidad, sin la vitalidad del ahora, es como seguir repitiendo la verborrea del andinismo de Arguedas como gustan de hacerlo  nuestros enemigos. El pasado es la expresión patente y patética de lo congelado, de lo estacionario. Los valores que encarna deben ser revitalizados con la savia del hoy. Es ahí donde radica la verdadera renovación, en actualizar constantemente el principio dialéctico de nuestra política, dentro de los cauces de la democracia. Esto es lo que han entendido en cierto sentido el aprismo periférico, ese aprismo que no detenta cargos,  ese  aprismo que tiene interiorizado el principio de la Justicia Social pero se ve “ajeno” al partido, no por un desconocimiento o negación de la ideología, sino porque sienten el “desfase” entre la realidad con la que interactúan, el dinamismo de las comunicaciones y la tecnología, la velocidad virtual de las relaciones humanas, la actualidad de los temas que se discuten entre los jóvenes y los que tienen espíritu joven, y la realidad de nuestro partido.


La renovación de nuestro partido radica primero en señalar abiertamente estos desfases. No es generacional, el espíritu joven puede radicar en un cuerpo lozano como en uno maduro y anciano. El desfase ocurre porque se espera que la realidad se adapte al partido, y que los ciudadanos vengan a él; cuando de lo que se trata es de ir a la realidad para entenderla y sintonizar con ella, e ir hacia los ciudadanos a fin de entender sus nuevas inquietudes y tomar sus demandas. Nuestro partido tiene que salir de sí mismo, a fin de renovar su forma aprista de ver y sentir el mundo de hoy. Pero tampoco hay que caer en el extremismo de borrar todo principio auroral de nuestro aprismo, y tratar de hacer de nuestro partido un remedo o calco de lo que los “intelectuales” llaman institución. Nuestro partido debe resolver cuanto antes problemas cruciales para su democrática constitución: como el tema de los padrones, el enquistamiento de los mismos dirigentes en los mismos cargos. Es indispensable para la renovación de nuestro partido retomar el concepto indoamericanista del aprismo y el sentido de la fraternidad con los partidos hermanos del Continente, pero con propuestas nuevas y no simple retórica. Hace falta renovar el concepto del partido escuela y de la promoción de organizaciones juveniles autónomas y dinámicas que aportan cuadros nuevos. Hace falta ser otra vez el partido hacia el cual orienten su mirada los creativos y los innovadores de todas las disciplinas artísticas y científicas. ¿Cómo asociar renovación partidaria con estos principios primigenios en los que  se baso siempre la renovación partidaria, cuando estuvo vivo el Jefe? Pero el liderazgo no se opone a la renovación, más bien la renovación, como todo proceso de reformulación, de replanteo, debe darse en la confluencia de los mejores cuadros. Pero hay que advertir que nuestro partido no es una ONG, no la reunión de niños bien en una asamblea de aula particular que juegan a la política, el nuestro es un partido que detenta una historia de sacrificio (martirologio) por la democracia, que al mismo tiempo que es político es también religioso, de mística, y de poder carismático, sí poder carismático. Son estos elementos privativos a nuestro partido los que tienen que abordar la nueva realidad, y en ese proceso de renovación sería fatal negarlos, pues el liderazgo, la mística y la religiosidad pueden convivir con la renovación partidaria. Solo el que logre la articulación de estos principios con la actual realidad, en una síntesis ideal y práctica, seguirá ejecutando ampliamente los más grandes principios de Justicia Social y pan con Libertad de nuestro Aprismo.