Pensamiento libre sin ideología es como coito asistido

sábado, 20 de abril de 2013

Armando: Testimonio personal. Por Víctor Raúl Trujillo de Zela


Armando: Testimonio personal. Por Víctor Raúl Trujillo de Zela


Conocí a Armando Villanueva en enero de 1956, a pocos días de su clandestina llegada procedente de Chile. Tocó el timbre de mi casa y yo, de tan sólo 13 años, me quedé impresionado por su voz, con la cual me preguntó por mi padre, y de sus cejas. Me dijo –Hola, ¿está tu papá?, dile que ya llegué-. A lo que le respondí –Muy bien compañero-. Mi familia y yo vivíamos a la espalda de la casa de Armando, en el corazón de San Isidro viejo. Yo ya sabía quién era Armando, pues mi padre lo conocía desde que este llego al Partido, aún de 15 años y vistiendo pantalones cortos.

Inmediatamente a su llegada, Armando se contactó con Ramiro Prialé, quien también había regresado clandestinamente meses antes, y se pusieron a trabajar juntos, pues las elecciones generales estaban por llegar. El Apra se encontraba fuera de la ley, por lo que los apristas no éramos ciudadanos completos, pues podíamos elegir pero no ser elegidos.

Luego de fracasar las conversaciones con Hernando Lavalle, candidato apoyado por Odría, nos decidimos a apoyar al único candidato que ofrecía devolver las libertades políticas a todos los peruanos, Manuel Prado. Y en una demostración sin precedentes de gran organización, en tan solo 72 horas el Apra volcó todo su apoyo hacia Prado, quien nos había perseguido durante su primer gobierno.

Manuel Prado ganó las elecciones y cumplió con su palabra, siendo su primer acto, volver a la legalidad al Apra y devolver las libertades políticas a todos los peruanos, sean del bando que fuesen. Así se inició el régimen de la “Convivencia”, denostado por algunos perdedores, pero que tuvo la virtud de convocar a grandes intelectuales y técnicos del país, tales como Jorge Basadre, Raúl Porras, Antonio Pinilla, Jorge Grieve, Pedro Beltrán, José Gálvez entre otros.

Armando no solo fue un gran y sacrificado político, incapaz de odiar ni de guardar rencores a sus adversarios. Era también un hombre extremadamente bueno y sincero, casado con una extraordinaria mujer, Lucy Ortega, y padre de una gran hija, Lucía.

Muchas veces fui a su domicilio a conversar, a franquearnos como un par de buenos amigos. Como anécdota puedo contar que, hablando sobre el Partido, le pregunté si mejor hubiera sido evitar la separación de Andrés Townsend del Partido, a lo que el “negro” Armando me respondió de manera afirmativa, añadiendo -por eso fui a su entierro y di el primer lampazo-.

Defendía con pasión sus puntos de vista y más que un político, fue un terco luchador social y un maestro, el cual por su militante posición antiimperialista siempre contó con el respaldo de los jóvenes. Por eso, los apristas y el pueblo peruano debemos tomar mucha atención a sus invocaciones. Que el Perú necesita amor entre los peruanos, tolerancia e irrestricto respecto a la libertad, y que el Apra debe mantener férreamente su unidad, modernizarse y dar mayor protagonismo a jóvenes en posiciones importantes dentro y fuera del Partido.