Pensamiento libre sin ideología es como coito asistido

miércoles, 2 de abril de 2014

Gustavo Gutiérrez revalorado. Por Agustín Haya de la Torre

No se necesita ser religioso para valorar el enorme aporte de Gustavo Gutiérrez Merino al pensamiento social latinoamericano, por lo que resulta de gran importancia su rehabilitación por parte del Pontífice romano.
En los últimos meses el propio Francisco lo recibe y el prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, el cardenal alemán Gerhard Ludwig Müller, presenta un libro con el sacerdote limeño. Así sale del ostracismo en que lo mantuvo la agresiva política de Juan Pablo II y del mismo Joseph Ratzinger desde que ocupaba el cargo que ahora detenta su paisano. Karol Wojtyla emprendió una dura batalla contra lo que consideraba una desviación de los cánones tradicionales y los curas progresistas en Brasil y Centroamérica, llegaron a sufrir severas sanciones en el orden eclesiástico.
Cuando en 1971 Gutiérrez publicó su Teología de la Liberación, abrió un nuevo curso para la Iglesia católica en el continente, identificada hasta entonces con las dictaduras y las oligarquías dominantes. Su opción por los pobres denunció la miseria como un “estado escandaloso” que debía superarse mediante el compromiso con una praxis histórica que pusiese fin a las estructuras que generaban la injusticia.
La realidad de una América Latina en la que más del 60% de la población vivía en pobreza y donde el 82% de dicha cifra lo hacía en la miseria, motiva su reflexión. Su formación teológica la consolidó con varios de los filósofos católicos europeos más importantes. Amigo y discípulo de lo más graneado del pensamiento teológico de Francia, Bélgica y Alemania, su cristianismo pronto alcanzó una dimensión humanista que sembró huella en una región donde las masas clamaban por una vida digna.
Su pensamiento le dio vigor y fuste a una religión que como en los tiempos de los profetas, volvía a identificarse con los oprimidos. Sin ir tan atrás, en tierras americanas permanecía vivo el vigoroso ejemplo de Bartolomé de las Casas, uno de los referentes claves de su teología.
Las Casas, el gran defensor de los indios, proclamó su humanidad esencial por encima de razas y creencias. Enfrentó sin claudicar al poder real y a quienes como Juan Ginés de Sepúlveda los definían como una raza inferior, casi animal, que debía someterse al imperio esclavista de la civilización superior.
El religioso sevillano que vino primero como encomendero, percibió que los naturales eran tan humanos como los europeos, aunque de lengua, color y costumbres distintas. Su batalla por el reconocimiento inspiró las primeras Leyes de Indias y luego las Leyes Nuevas, documentos fundamentales que sustentaban la igualdad de las personas y prohibieron la esclavitud y la servidumbre.
Aunque nunca llegó al Perú del siglo XVI y en lugar del obispado del Cusco aceptó el de Chiapas, no puede dejar de señalarse que el teólogo de la liberación, ante el acoso de la Curia, optó por ordenarse dominico en 1998, igual que el gran predicador de la humanidad de los indígenas.