Pensamiento libre sin ideología es como coito asistido

jueves, 5 de diciembre de 2013

Mala educación. Por Agustín Haya de la Torre

El último ranking sobre la calidad de la educación en 65 países publicado por la OCDE, vuelve a
ubicar al Perú en el último puesto. La prueba que evalúa a los estudiantes en comprensión lectora, matemáticas y ciencias, coloca a nuestros alumnos a distancia considerable del promedio.

Desde el 2001 en que empezó a tomarse quedamos al fondo de la tabla y en algún momento al gobierno de turno no se le ocurrió mejor cosa que suspender su aplicación. Todos los años en los más importantes eventos públicos y privados el tema ocupa lugar prioritario en la agenda, sin que hasta ahora pueda corregirse nada.

La crisis la arrastramos de mucho tiempo pero se agravó con el peso ideológico que alcanzó el neoliberalismo criollo en los años noventa. La educación fue colonizada por el mercado, asumiéndose que debía orientarse hacia el “emprendedurismo” para lo cual debía aligerarse el contenido de la currícula, a fin de no hacer perder el tiempo a los estudiantes en tan mercantil propósito.




El esquema profundizó el abandono de la educación pública, ya bastante venida a menos, lo que generó una penosa combinación de maestros mal pagados con derechos sociales recortados, pésima infraestructura y cursos simplificados que dejaban de lado aspectos fundamentales de la enseñanza en ciencias y humanidades.

Los países que encabezan los rangos educativos en el mundo, entienden la educación como un derecho fundamental a cargo del Estado, prácticamente gratuita para favorecer la igualdad. La iniciativa privada, cuando existe, es concertada con la autoridad.

Los cursos en los diferentes niveles promueven una formación científica y humanista, a partir de una exigente calificación del maestro. Incluso en el nivel técnico reciben una instrucción rigurosa y de calidad, en sociedades donde el valor predominante es la igualdad, donde la lectura es una costumbre.

Cursos básicos en los colegios peruanos desaparecieron desde los noventa, fenómeno que junto con la menor exigencia y el desprecio por la lectura culta en un país sin bibliotecas, nos ha llevado al desastre.

Resulta impresionante la negación de las élites nativas de la educación pública, maltratada por la equivocada percepción de que solo es una educación para pobres y por tanto nunca pasará de una pobre educación, salvo que se privatice.

No hay que descubrir la rueda para mejorar nuestro bajo nivel educativo. Basta con entender cómo consiguen un alto grado de calidad quienes ocupan por décadas los puestos de vanguardia. Ello exige un radical cambio de mentalidad que retome la enseñanza de las ciencias y las humanidades a partir de las fronteras del conocimiento y el impulso de la cultura. Tarea que corresponde al Estado como una de sus principales responsabilidades soportado por el consenso social.

Un acuerdo de fondo en el tema resulta vital si no queremos que el crecimiento solo sea uno de baja calidad, con una sociedad inculta y sin normas, lo que ahondará la desigualdad y nos marginará en la globalización.