Pensamiento libre sin ideología es como coito asistido

lunes, 20 de junio de 2011

Comentarios Sueltos - ¡Fortalezcamos el Estado laico!


José Faustino

Dos temas han coincidido en las últimas semanas para demostrar la débil comprensión en la ciudadanía y el poder, del carácter laico del Estado. Por un lado una estatua de Cristo fue colocada por el gobierno en el Morro Solar, mientras que activistas aimaras quieren declarar al sur de Puno libre de actividad minera para no molestar a los apus.

Si bien es cierto que las muestras de idolatría estatal son obsoletas, superadas por la propia teología católica, aquí hemos visto cómo se asume desde el poder una creencia religiosa. Como si siguiera vigente aquel resabio decimonónico de la Constitución de Leguía, que decía: “La Nación profesa la religión Católica, Apostólica y Romana” y como si Víctor Raúl Haya de la Torre, no hubiese encabezado las jornadas del 23 de mayo de 1923 contra la consagración del Perú al Corazón de Jesús.

El sólo hecho de usar la autoridad política para ocupar el espacio público con ese gigantesco acrílico, es una violación de la neutralidad religiosa del Estado y un atentado contra la libertad de conciencia, que debe de ser garantizada en igualdad de condiciones.  El espacio público es de todos mientras que la religión es una opción individual.

Muchos aún confunden ser una religión mayoritaria desde la colonia, con la vocación de imponer ritos, creencias y conductas, sobre toda la sociedad. Esto no es así. Si bien el catolicismo de la Contrarreforma moldeó la sociedad desde el virreinato, la república avanzó hasta incorporar derechos fundamentales como la libertad de culto y sobre todo la libertad de conciencia en nuestras constituciones. Esto sucedió con cierta tardanza en pleno siglo XX, cuando en la Carta de 1933 se abandona definitivamente al catolicismo como religión oficial.

Fuera de gustos, ¿es bueno esto para el país que queremos?
En el momento en que se establece la libertad de conciencia, los dogmas religiosos se convierten en creencias particulares y es cuando la pluralidad y la tolerancia son  los principios que garantizan la convivencia social. 

En estos mismos días se puso en la agenda la protesta de grupos puneños contra la minería formal. Con argumentos parecidos a los que se vienen usando desde hace un buen tiempo, en el sentido de que la explotación de recursos naturales afecta a la Madre Tierra y a los Apus, sus reivindicaciones parten de una cultura comunitaria que suponen, debe ser aceptada por toda la nación. Esta es también una postura radicalmente equivocada.

Como afirma Iztevan Todorov, la cultura comunitaria es bienvenida en la democracia siempre y cuando no imponga sus particularidades a todos, porque entonces pretenderá privilegios que generan desigualdad e intolerancia.

Una ideología más o menos religiosa es un  derecho. Esto es una opción; nunca un deber, una obligación. Si se asumiera este criterio, quienes lo propugnan se transforman en integristas, y hacen que la violencia sea parte inevitable de su acción. Es la misma postura que adoptaba Sendero Luminoso, depositario de la verdad incrustada en la testa de Abimael Guzmán.

Hay quienes quieren poner la intolerancia de moda



Este es el punto de vista que desde Bagua han querido convertir en verdad irrefutable. Es decir que quien tiene una “cosmovisión” para seguir la pauta del viejo romanticismo alemán, tiene derecho no sólo a identificarse como una de sus opciones, sino a obligar a los demás a seguirla.

Hay quienes piensan que los conflictos originados en estas cosmovisiones particulares son esencialmente justos y no se dan cuenta que al admitirlo, fomentan la desigualdad y se vuelven enemigos de la tolerancia. Es decir el diálogo se hace inútil y el consenso desaparece porque sólo admiten su “Weltanschaung”. Lo que permite la convivencia de la pluralidad de ideas en cualquier sociedad es precisamente la democracia constitucional, sustentada en el reconocimiento de esos derechos fundamentales. La libertad es la base común, lo que compromete a todos en su respeto y ejercicio. Las opciones, múltiples y diversas, dependen de cada persona.

La debilidad del Estado laico en el Perú tiene razones históricas y eso hace de su fortalecimiento un reto ciudadano y republicano. No sólo ha sido el enorme peso de la Iglesia de Roma, sino la falta de continuidad democrática que ha impedido la existencia de una fuerte identidad constitucional, propia de una sociedad secularizada. De allí el terrible daño que causan las dictaduras, que hacen de esa forma de gobierno, como decía Platón, “la gangrena última del Estado”.