Pensamiento libre sin ideología es como coito asistido

lunes, 25 de julio de 2011

Solucionética - Nota desde la lejana tierra de Inclusión Social. Por Luis Zaldívar




Desde antes de las elecciones y en particular luego de que se gastaron los escándalos de corrupción que nunca encuentran culpables, el debate político se ha centrado en la bandera de “la inclusión”. El debate de los excluidos y los incluidos casi siempre viene relacionado a la crítica al saliente gobierno y su incapacidad o ganas de mejorar las condiciones de vida de los peruanos. Hoy en día, en su versión más extrema, y hueca, se afirma que todos los gobiernos de la historia menos uno o dos –dependiendo del comentarista- han tenido una política de exclusión sistemática que tiene que ser cambiada por un nuevo sistema, el sistema inclusivo. Ya no hay programas políticos, ni propuestas concretas, sólo basta con decir que uno busca “la inclusión”, se recluta un par de tecnócratas conocidos en el ámbito académico, se dirige una mirada arrogante a la burocracia estatal, y listo, resuelto el problema histórico del Perú.

Promedio de una idea cada 45 minutos
Lamentablemente el inclusivismo no resuelve el hecho de que es una categoría vaga e improvisada que no nos deja muy en claro qué separa una gestión gubernamental de la otra.

En primer lugar, los filósofos del inclusivismo caen en terribles problemas de lógica cuando critican el sistema económico al mismo tiempo que hablan de incluir gente en él. De acuerdo al programa de gobierno original del presidente Humala, el problema de la inclusión no es tan importante, sino el del modelo “neoliberal” y “primario exportador” obediente a “intereses extranjeros”; es más, la palabra inclusión solo se menciona 7 veces y con un sentido retórico. Tras su viraje durante la segunda vuelta, el ataque humalista al “modelo” pasó a ser la apuesta por “la inclusión” la cual se reduce en la "hoja de ruta" a un grupo de programas asistencialistas que no se pueden financiar sin el crecimiento supuestamente elitista y ajeno al país. Es decir, los inclusivistas quieren incluir a la gente a un desarrollo que ellos creen que no es real, y quieren hacerlo profundizando las cosas que ya se hacen. Una vez ganadas las elecciones, el gabinete ministerial promete hacer exactamente más de lo mismo, pero llamarlo “inclusivo” para mantener un sello propio.

Encima, la figura de la inclusión quiere tomar rango ministerial. Así, el inclusivismo ha pasado, de ser una frase de campaña, a ser toda una fuente de burocracia que articularía los programas sociales asistencialistas insignia del gobierno entrante como Cuna Más y Pensión 65. La creación de un ministerio de la inclusión le quiere vender a los peruanos la idea de que repartiendo el fisco para solucionar algunas deudas históricas del Estado se logrará hacerlos parte del desarrollo nacional. Nada más lejano de la realidad, porque si algo se puede rescatar del nefasto programa inicial del nacionalismo es que estaba bastante claro en que las fuerzas productivas son las que generan el desarrollo, no los programas de ayuda social. Por este motivo es imposible decir que una persona se integraría al PBI nacional porque recibe una cantidad determinada de dinero al mes. Aún cuando estos programas puedan ser necesarios, lo cierto es que no hay relación entre el asistencialismo y la inclusión, menos aún una relación suficientemente fuerte como para crear un ministerio.

La inclusión como doctrina no quiere decirle a los peruanos que el problema de fondo es estructural; se trata de más que repetir las tácticas populistas del fujimorismo. El humalismo, fiel hijo del militarismo latinoamericano, está demostrando en la práctica que no tiene un norte claro y que está más preocupado en mover los hilos para mantenerse en el poder con suficiente aprobación para sacar a Nadine elegida el 2016. Con un buen contexto internacional, lo más fácil es soltar dinero en algunas causas facebook y despotricar sobre la oposición, que será tildada de reaccionaria frente a los programas del inclusivismo. En unos años podremos ver a ministros interpelados en el congreso advirtiendo de que hay fuerzas en contra de la inclusión; quien sabe, con el dinero que tienen tal vez sea la excusa perfecta para el golpe de Estado. Ollanta ya ha sido partidario de eso antes.

Como vemos, einclusivismo como plan de gobierno no pasa de ser un saludo a la bandera, un hábil recurso teórico que se degasta rápido, y una solapada rectificación de sus posiciones de toda la vida. La inclusión, así como la maneja la opinión pública ahora, es solamente clave para decir que los avances en infraestructura, en producción de energía, en generación de inversión privada nacional, etc., no ha llegado a la gran mayoría de los peruanos. Más en el fondo también ronda la idea de que los números de crecimiento en desarrollo humano y reducción de la pobreza son falsos. Ninguna de estas cosas puede ser verificada por los inclusivistas, así que simplemente dejan la frase “desarrollo con inclusión”, como si no se hubiese hecho nada en los últimos cinco años.

En la práctica, la Gran Transformación anunciada por Ollanta Humala deviene una vez más en un caudillismo personalista sin mayor norte político que sus propias ambiciones. Para los que temían un gobierno estatista el primer gabinete humalista es un alivio, pero para los que vemos en el nuevo presidente una figura más del militarismo nos queda aún mucho que ver del como va a reprimir las demandas de los aliados que se hizo en el camino al poder.