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viernes, 25 de octubre de 2013

Teatro Japonés. Por Agustín Haya de la Torre

En la tradición del teatro japonés existen dos formas importantes: el No y el Kabuki, originados entre los siglos XIV y XVII, una época de shogunes y samuráis, bastante parecida al Medioevo europeo. El No se caracteriza por su carga dramática, un ejercicio actoral refinado que usa un lenguaje culto y aristocrático. El Kabuki, más moderno, tiene un corte lírico y ligero.

El actor principal, siempre masculino, usa máscaras y trajes diversos para encarnar personajes diferentes, incluso mujeres, sobre un escenario más bien limitado. Son representaciones sofisticadas que expresan la alta cultura alcanzada desde siglos atrás en dicho país. Uno de sus componentes, incluso en las representaciones más serias que suelen durar varias horas, son los intermedios farsescos, pensados para distraer al espectador antes de volver al tema principal de la historia.

Resulta difícil que Alberto Fujimori encaje en la tradición del teatro fino, elegante y riguroso, que contribuyó a forjar una cultura de gran complejidad e ilustración. Más bien a juzgar por sus últimas actuaciones, ratifica su enorme predisposición para la farsa.


La semana pasada lo vimos en dos breves pero intensas actuaciones, en medio del drama que el gobierno más corrupto de la historia del Perú montó en la década de los noventa. Para acudir a un nuevo juicio del rosario de robos, crímenes y delitos que cometió, no se le ocurrió nada mejor que presentarse mal vestido, despeinado y en plena crisis hipertensiva. Debía responder por la financiación con recursos públicos de la infame prensa amarilla que montó para calumniar y burlarse sangrientamente de sus enemigos democráticos.

Dos días después aparece gritoneando con renovada energía a los enfermeros que lo cuidan en la clínica donde se internó. Como no lo entiende de otra manera, pretendía que violen la norma y dejen pasar a quien le dé la gana. No pensó que un alma caritativa lo grababa, quizás sorprendida de que un “enfermo terminal” muestre tanto vigor.

Más bien el anónimo camarógrafo es un ejemplo a seguir. Si la opinión pública pudiese ver como vive en su cárcel dorada, recibiendo decenas de visitas, atendido por un servicio único en los penales del Perú, quizás dejaríamos de soportar la cínica y cotidiana propaganda del club de viudos del fujimorato, que permanentemente y mediante mil argucias nos hacen creer que lo someten a crueles torturas.


Que interesante sería que el INPE distribuya los videos de las actividades semanales del condenado Fujimori. Nos enteraríamos de lo que es vox pópuli pero que sus custodios disimulan. Descubriríamos de pronto si las lujosas camionetas que se quedan de noche no andan solas.

Hasta podríamos observar los esfuerzos del plan de resocialización que sigue el Ministerio de Justicia, para que pague algo de lo que robó, de acuerdo a la sentencia. O los avances en el arrepentimiento de sus crímenes, para que nos convenza que el sicópata que se proclama inocente, va quedando atrás.