Pensamiento libre sin ideología es como coito asistido

lunes, 20 de enero de 2014

¿Codicia autorregulada? Por Agustín Haya de la Torre

El debate sobre el inconstitucional acaparamiento de la prensa escrita saca a luz una serie de aspectos que explican el capitalismo precario que impera en el Perú, más identificado con el estilo de la vieja plutocracia y la avaricia de Gordon Gekko, que con los planteamientos más serios de la economía neoclásica.

El origen de la distorsión reside en el ultra liberalismo que impuso el fujimorismo en los noventa, donde la regulación quedó arrinconada y los límites a la codicia reducidos al ridículo del “abuso de la posición de dominio”. Gracias a ello cuando la familia Miró Quesada decide comprar a la competencia, desde la concentración compulsiva, no les resulta difícil sostener con sofismas el atropello a la libre competencia y al equilibrio del mercado.

Ahora alcanza cierto respaldo la idea de esperar la respuesta al amparo del grupo que encabeza Enrique Zileri y reiterar la autorregulación de los contenidos por parte de los dueños.

Postular una ética responsable queda muy bien, aunque la práctica demuestra que todos los días la saltan a la garrocha, cuando lo grotesco y el amarillismo generan ganancias. En todo caso el tema no tiene nada que ver con las ideas sino con los fallos del mercado. Si hay algo que soslayan es la tradición del capitalismo maduro de producir leyes reguladoras para evitar el exclusivismo, los monopolios o el acaparamiento.

Las normas antimonopólicas, desarrolladas desde la iniciativa del senador John Sherman en 1890, son emblemáticas. Surgieron para controlar la codicia de las empresas petroleras y acabaron por convertirse en parte de la cultura norteamericana y europea.

En cuanto a la prensa, en Francia, desde 1986, existe una ley que limita al 30% la concentración de medios y en España un organismo estatal toma a su cargo el control de un límite parecido. El criterio parte de la protección al consumidor, a fin de garantizarle la mayor oferta posible de medios desde la pluralidad. El gran reto del mercado para que funcione adecuadamente, apunta a promover la atomicidad, la calidad homogénea de lo ofertado y la transparencia.
La intervención del Estado como representante del interés general y del bien común deviene elemental para frenar la codicia, un pecado capital que no puede autolimitarse.

Si la dictadura ideológica del neoliberalismo criollo, empeñado en minimizar al Estado y acabar con los derechos sociales, impide hasta ahora que superemos el capitalismo “chicha”, la decisión judicial, obligada a fijar el límite del acaparamiento, sería un buen paso para aprobar una ley que impida que la competencia sea anulada por la avaricia.


La decisión de la jueza no será sencilla, pues inmediatamente fue denunciada por los acaparadores, por atreverse a admitir el amparo. Los “autorregulables” demuestran que para la codicia, como decía Francisco de Quevedo, lo mucho es poco.