Pensamiento libre sin ideología es como coito asistido

sábado, 4 de enero de 2014

Uruguay, laico y democrático. Por Agustín Haya de la Torre

El comentario de la revista The Economist sobre la calidad política y social del Uruguay lo coloca en


la agenda internacional y obliga a recordar cómo llegó a tal nivel. El tópico lo toma como modelo hasta la malvada aparición de los Tupamaros, uno de cuyos principales líderes, José Mujica, paradoja del destino, es su actual presidente.



El pequeño país de la banda oriental del Río de la Plata tuvo hitos claves en su historia que explican con mayor profundidad su proyección. Para empezar, en la lucha independentista, la conducción de José Gervasio Artigas lo distinguió de otros procesos. Artigas cuando alcanzó por breve lapso el poder, impulsó reformas económicas y sociales precursoras para la época. El “reglamento de la tierra” precedió las reformas agrarias del siguiente tiempo y su lema de que “los más infelices serán los privilegiados” anunciaba un cariz social y proteccionista bastante sorprendente para entonces.

El XIX atravesó largos periodos de guerras e inestabilidad. Recién en los primeros años del novecientos llega el final de los enfrentamientos armados entre nacionales y colorados con el triunfo del gran líder colorado José Batlle y Ordóñez. Sus dos periodos presidenciales resultaron decisivos por la profundidad de las medidas que adopta. Las reformas sociales a favor de los trabajadores, la jornada laboral de 8 horas y semanal de 48, la indemnización para los despedidos, la jubilación, son pioneras. Es de los primeros países en el mundo en adoptar el sufragio femenino y el divorcio.

Batlle organiza la educación pública universal, gratuita y laica. Uruguay alcanza niveles de civilización propios de las sociedades más avanzadas. Uno de los mayores logros lo constituye la separación definitiva de la Iglesia y el Estado. El laicismo expresa un rasgo cultural que lo distingue en la región de forma excepcional. Incluso fiestas religiosas como la Navidad y la Semana Santa se adaptaron como el día de la familia y la semana del turismo.



Su producción agropecuaria y la tecnificación correspondiente, permitieron cierto desarrollo industrial, convirtiéndolo en un importante exportador hasta los años cincuenta. Los ciclos críticos del mercado mundial golpearon su esquema económico, lo que repercutió en la política. El Estado socialdemócrata afianzado desde Batlle y que permitió al Partido Colorado prolongar su hegemonía en el poder durante casi cien años, entró en decadencia.

La protesta social encendió una etapa de movilizaciones y aparecieron grupos subversivos como los Tupamaros. La respuesta del presidente Juan María Bordaberry a la grave situación económica y política fue la peor. Desde 1973 liberalizó la economía y restringió las libertades hasta entregarle el poder a los militares. Así quebró el modelo de la “Suiza de América”.




La lucha ciudadana de todas las fuerzas recuperó el cauce histórico a mediados de los ochenta, con una nueva pluralidad que incluyó en la renacida democracia a los ex guerrilleros.