Pensamiento libre sin ideología es como coito asistido

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lunes, 21 de abril de 2014

A propósito de Noé o el diluvio en la política peruana. Por José Bulnes

Cuando se revisa la soberbia historia del Diluvio, es inevitable encontrar ese tono arcaico, legendario
que tienen los libros del Antiguo Testamento. Al mismo tiempo, uno es tentado de recurrir a Nietzsche que nos advertiría del encanto de esta sacra historia, al sostener en el parágrafo 48 de su Anticristo, refiriéndose al Génesis:

“¿Se ha comprendido la famosa historia que encabeza el relato de la Biblia, la del miedo terrible de Dios a la ciencia?... No se la ha comprendido […] Solo a causa de la mujer el hombre aprendió a comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. ¿Qué había pasado? El viejo Dios se sintió preso de un miedo terrible. El hombre resultaba ser su mayor desacierto; con él se había creado a sí mismo un rival: la ciencia hace semejante a Dios; ¡los sacerdotes y los dioses están perdidos si el hombre se vuelve científico! Moraleja: la ciencia es lo prohibido en sí; únicamente ella es prohibida […] ¿Qué hacer? El viejo Dios inventa la guerra, desune a los pueblos y hace que los hombres se destruyan unos a otros (los sacerdotes siempre han tenido necesidad de la guerra…) La guerra es, ¡entre otras cosas, una grande perturbadora de la ciencia! ¡Increíble! El conocimiento, la emancipación de los hombres del sacerdote, progresa aun a pesar de las guerras. Entonces, el viejo Dios llega a esta conclusión última: “el hombre se ha vuelto científico; ¡no hay más remedio que ahogarlo!””

La historia del Diluvio es narrada en la última película dirigida por el cineasta Darren Aronofsky. Este material visualiza, pues, tres procesos, el límite de la maldad, es decir, la maldad había desbordado la capacidad de la creación (Gen 6, 5-7), segundo,  el borrar de la creación por parte de Dios yel  nuevo orden del mundo a partir de Noé (Gen 9, 1-4). Conviene no perder de vista la literalidad de la historia bíblica y el lenguaje del film, a fin de extraer lo sustancial de cada uno, y llevar la comparación de estos procesos al terreno político social de nuestro país. El límite de la maldad remite al caos social, las crisis sociales son pues estos momentos donde se vive una transición (consideremos que una revolución no solo se lee en clave social, no obstante, toda revolución en el orden científico, artístico impacta a la sociedad). El gran epistemólogo, Thomas Kuhn, hablando acerca de las revoluciones científicas, sostiene: “Por consiguiente, en tiempos de revolución, cuando la tradición científica normal cambia, la percepción que el científico tiene de su medio ambiente debe ser reeducada, en algunas situaciones en las que se ha familiarizado, debe aprender a ver una forma (Gestalt) nueva” (Khun, La estructura de las revoluciones científicas. Madrid:1990, p.177).

El científico reeduca su mirada del entorno social, ello le conmina a abordarla con un modelo de análisis diverso, una nueva forma de aprehender el medio ambiente. Hoy, esa necesidad de reeducar la mirada o la adopción de un modelo diverso de análisis de la sociedad se refleja en la encrucijada a la que asiste nuestra sociedad entorno a dos temas de cariz vanguardista: el debate en torno a la unión civil no matrimonial y la legalización de la venta y consumo de la marihuana. Esto implica dos severos retos, primero, ponderar si nuestra academia está ponderando, hondamente, el tenor de estas agendas; y en segundo lugar, si el actor político (candidatos y todo actor cuya opinión busque influir en la dinámica por tener y conservar el poder) sopesa el tintineo que suscita esas agendas en la red de emociones y el tejido moral de la sociedad (el sujeto colectivo que todo político desea enamorar).

El segundo proceso que refiere la narración del diluvio remite a la acción divina de borrar la creación. Ya Aristóteles en su inmortal escrito de Metafísica, había aprendido la naturaleza de este ente, un Dios que  se piensa a sí mismo. Pero aquí Dios no es el problema a ser pensado, sino la Creación, el mundo. Quien haya leído a Unamuno, no puede evitar sentir el rictus del vacío al leer su soneto, Oración del ateo:

¡Qué grande eres mi Dios! Eres tan grande
que no eres sino idea; es muy angosta
la realidad por mucho que se espande
para abarcarte. Sufro yo a tu costa,
Dios no existente, pues si Tú existieras
existiría yo también de veras.

El acto de borrar la Creación remite el tope de un contenido. El contenido ha desbordado el continente.
En clave social, la inseguridad ciudadana que acusa la sociedad,  y que perturba las bases valorativas de las relaciones interpersonales en todos sus posibles tipos (hijo-familia; empleador-empleado; ofertante-usuario), como la confianza y el respeto, ha desbordado la capacidad institucional; ésta adolece de la necesaria sintonía que debe tener una autoridad con el sujeto social a corregir. La relación ofertante-usuario puede traducirse en la relación del chofer de la cúster o la combi con el pasajero. No es el irrespeto a la policía la señal de la indiferencia del ciudadano a su institución, sino que este irrespeto traduce la indiferencia del ciudadano con todo el tejido institucional del Estado. Esta indiferencia la encuentra Hernando de Soto en el “desgano” que tiene el comerciante en formalizarse. La inseguridad, concretizado en el asalto y el asesinato opera con una eficacia propia de toda burocracia bien diseñada, bien pautada. Resulta paradójico que el Gobierno haya desplegado visualmente la captura de líderes  senderistas (una de las maquinarias políticas más reacias de nuestro país), pero no pueda controlar la ola de inseguridad en el país. Solución: aplicación más severa de las penas, de las sanciones, mecanismos para reeducar a los choferes con faltas, programas donde se relata la captura de criminales en los distritos más sórdidos de la capital, etc. Sanción (castigo). Borrar la creación sugiere, precisamente, aplicar la sanción desconociendo al sujeto del castigo. Una indiferencia del Estado con los monstruos que él mismo ha creado.

El nuevo orden a partir del cumplimiento de la tarea de Noé tiene carácter inevitable. En la sacra historia se sella por el Pacto de la Alianza (Gen 9, 8-17). Ésta es la señal que recordará a Dios su pacto con la humanidad y todo ser viviente de que nunca más habrá aguas diluviales. Pero como todo hombre que traza una línea de inicio, una empresa, una obra, un proyecto, debe tener un discurso, es decir, la articulación de una idea en una narración que sugiera un orden, una pauta: una condición. La película estrenada en el mes de abril en las salas de cine del Perú,  Noé, tiene la narración visual de ese discurso, acerca de cuatro minutos dura el relato de la Creación (Gen 1, 2, 3), con la tentación y la caída. La textura y movimiento de las imágenes en ese relato que nos deja Noé (en la acabada interpretación de Russell Crowe), signan, pues, el discurso desde el cual se diseñarán los valores de la nueva convivencia humana con la naturaleza. ¿Qué líder político tiene hoy esa capacidad de interpretar la contemporaneidad y transformarla en un discurso que cale en las emociones del hombre y se convierta en una pauta de valores, democráticos cimentados en la tolerancia? Alguien con espíritu decimonónico y filiación tudesca referirá a Biskmark, pero nuestra tierra indoamericana detenta valores políticos que un número no menor de peruanos han sabido reivindicar: González Prada, Belaunde, Armando Villanueva, sin olvidar a los legendarios José Carlos Mariátegui y Víctor Raúl Haya de la Torre. Es importante apuntar este último proceso leído en la historia del diluvio, pues implica la noción (política, social) de pacto, de convivencia. Los jóvenes de espíritu tienen esa energía de comenzar siempre de nuevo, el gobernante tiene el deber de crear esas condiciones, ese canal que permita la convivencia. Poco ha reflexionado nuestra academia sobre el rol del gobernante, y cuando lo ha hecho no ha podido evitar seguir hollando las trilladas notas de sus mezquinos modelos de interpretación, hundidos en la mezquindad del dogma, político, ideológico, sacerdote. No hay que tener sotana para ser un sacerdote.


En síntesis, la historia del diluvio puede llevarnos a vincular las figuras alegóricas del relato sacro con los graves problemas que nuestra clase política y la sociedad civil afrontan: el desbordamiento de la inseguridad ciudadana, la solución de borrar todo vínculo con los que originan esa  inseguridad a fin de legitimar la solución y, finalmente, la ausencia de un discurso, no fundante, necesariamente, pero sí articulador, que sugiera un norte. Aunque con un gobernante al que se le tenga que recordar que debe y tiene que gobernar, esa tarea sea muy difícil.

lunes, 7 de abril de 2014

La Obsesión Inhabilitadora. Por Enrique Valderrama

Cuando un nuevo proceso gubernamental empieza se abre la posibilidad para quienes llegan al poder de trazar una meta, construir un concepto y ofertar un sueño al país, una actitud por la cual su gestión sea recordada en la historia. Fernando Belaúnde se propuso a través de su “El Pueblo lo hizo” conectar el país tradicional con el territorio hasta ese momento inexpugnable que era la selva a través de su “Marginal”. Alan García, con “el Perú Avanza”, y previamente desde una versión actualizada de la ideología aprista con la “Revolución Constructiva”, se planteó la meta de acercar considerablemente el país a la modernidad; para ello en su gobierno se electrificaron 15 mil pueblos, se construyeron 10 mil kilómetros de carreteas, se culminó el tren eléctrico, se redujo alrededor de 20 puntos la pobreza, entre otras cosas.


Cuando el Nacionalismo, movimiento familiar de Ollanta y Nadine Humala llega al poder encuentra un país en crecimiento y armónico desde el punto de vista de la gobernabilidad, con ingentes reservas, abierto al mundo y creciendo al 8%. Dado este escenario podían plantearle al país la meta que hubiesen querido: hacernos soñar con entrar al primer mundo, con erradicar completamente la desnutrición infantil, con arrinconar a cifras marginales la pobreza o con duplicar el nivel de la educación pública. Lamentablemente sus primeros reflejos una vez instalados en la casa de Pizarro sólo los condujeron a una inquietud: “¿Cómo nos quedamos?”. Por esos días empezaba ya el ocaso de Hugo Chávez en Venezuela y había que buscar métodos más sutiles; decidieron entonces ensayar la salida del “Kichnerismo” a la peruana: la sobre- exposición de la cónyuge apuntando a una futura elección inmediata y el mantenimiento del poder vía la alternancia de los esposos. Es decir optaron por tratar de imponerle al Perú el esquema de la “reelección conyugal”.






De este punto a identificar como el principal escollo al APRA y a Alan García para arribar al éxito de la estrategia continuista hubo sólo un pequeño paso. En efecto lo dieron y en ese momento promueven a un joven ambicioso y sin ninguna trayectoria política cómo Sergio Tejada, para convertirlo en leal y servil sicario político, presidiendo la “Mega Comisión”. Tras cada paso en falso en la estrategia; ésta se volvía una prioridad mayor para los Humala, se obsesionaron con inhabilitar a Alan García y fueron perdiendo de vista los magros indicadores sociales de su gestión, la desaceleración de la economía, y el aumento alarmante de la inseguridad ciudadana. Debido a ello el apoyo popular que ostentaban se evaporó reduciéndose en los últimos doce meses a casi la tercera parte.

Esta coyuntura no sólo les hizo perder el norte del gobierno sino que hizo que el bisoño Sergio Tejada, su esbirro de primera línea, incurriese en violación al debido proceso en el marco de sus funciones en la Mega Comisión. Dos sentencias previas del Poder Judicial dieron clarinadas de alarma en ese sentido; el inexperto y servil Sergio no prestó atención, sólo tenía cabeza para sacar adelante un informe negativo a García Pérez así tuviese en el proceso que hacerlo ilegalmente. El resultado ya es conocido: todo ha sido declarado nulo. Hace pocos días preso de la desesperación el “líder” de la Mega Comisión llama a la democracia de la cual es representante “democracia criolla”; al parecer la frustración le ha revelado un clásico lenguaje estalinista y reaccionario.

Desde su Twitter Tejada, en actitud poco republicana, petardea insistentemente al Poder Judicial. En ello también incurren Ollanta Humala y Freddy Otárola quienes a pesar de presidir el Poder Ejecutivo y el Legislativo respectivamente, intentan con sus declaraciones y lamentaciones públicas presionar a la Justicia Peruana sólo porque ésta última hizo respetar los derechos fundamentales de un ciudadano, que es además ex Presidente de la República Al parecer no les va a quedar alternativa mejor que curarse esa extraña e intensa patología que es la obsesión inhabilitadora que tiene su fijación en Alan García y el APRA.

No sorprende por otro lado que periodistas que llenaron sus alforjas, cobraban consultorías y ostentaban cargos de confianza durante el gobierno de Alberto Fujimori se rasguen las vestiduras y también ataquen al Juez que emitió el fallo favorable a García; cuestión curiosa debido a que celebraron la sentencia del mismo juez que fue favorable al fallecido Javier Diez Canseco. Otros políticos también hacen lo suyo e intentan revertir el revés que la legalidad y el estado de derecho les han propinado. Lo único que dejan ver es su apoyo táctico, precario e interesado a las reglas de juego democráticas. ¿No sería más sensato aceptar el desafío de derrotar a Alan García y al aprismo en las urnas que bajo la argucia de desembarcarlo de carrera a la fuerza? Lo sería, pero su racionalidad está bloqueada por la patología inhabilitadora.

Sergio Tejada le debe una disculpa al Perú ya que tras 30 meses no se ha encontrado una sola prueba de sus afirmaciones y en el camino se han despilfarrado 12 millones inútilmente en una comisión que el llevó al fracaso con sus ligerezas y su supino desconocimiento del derecho. Finalmente Ollanta Humala adeuda una explicación al país por las “Narco-Avionetas”, cuyo aterrizaje era canjeado por dinero en palabras de Mori y por el digitado entrampamiento en el esclarecimiento del caso López Meneses.

*Artículo para Punto de Encuentro.

martes, 11 de marzo de 2014

Zar Putin. Por Agustín Haya de la Torre


El avance del ejército ruso en la península de Crimea resucita los fantasmas de la Guerra Fría. En siglo pasado tras la II Guerra Mundial, el juego de posiciones entre el campo soviético y Occidente formaba parte de la tensión cotidiana.
La caída del gobierno pro moscovita de Ucrania dispara la tensión en una zona disputada por siglos. Enfrentó a los zares con los austro-húngaros, turco-otomanos y potencias occidentales que querían controlar una rica región agrícola y comercial que alcanzó su esplendor mil años antes. A mediados del siglo XIX, una de las pocas guerras de la centuria asoló la estratégica península sobre el Mar Negro, cuando una alianza franco británica con el Imperio Austro Húngaro quería evitar el dominio zarista.
Incluso durante la existencia de la Unión Soviética, Ucrania mantuvo un estatus especial con sitio propio en las Naciones Unidas. A su vez, la península gozaba de autonomía y fue cedida por Nikita Jruschov a dicha república federada. Su estratégica ubicación la convirtió en base naval de la poderosa flota rusa y a Sebastopol su ciudad más importante, le reconocieron un rango particular.

La crisis actual estalla cuando el presidente Víktor Yanukovich rechaza los acuerdos con la Unión Europea y decide profundizar las relaciones con el Kremlin. La respuesta popular resulta explosiva e impresionante. Hartos de las posturas autoritarias del viejo militante comunista, los ucranios saben perfectamente de que va cada opción. La alianza con Europa significaría la plena vigencia del estado de derecho, de la pluralidad y la alternancia en el poder. Algo muy distinto al autoritarismo que el estilo Putin impone en la vasta Federación Rusa.
La putinización de la antigua Unión Soviética mezcla varios factores. Un movimiento político férreamente liderado por el ex KGB, que gana desde principios de siglo elección tras elección, sin mucho respeto por el juego limpio. Un esquema de desarrollo capitalista que trata de sacar al país que ocupa la sexta parte del planeta, del atraso económico y tecnológico en que quedó tras el colapso del Partido Comunista, con una nueva clase de multimillonarios surgidos de la antigua nomenclatura.
En el plano ideológico, fomenta una estrecha alianza con la reaccionaria Iglesia Ortodoxa, gobiernista por los siglos de los siglos, baluarte de la Rusia imperial. Con tales componentes, su gran reto es volver a convertir a su patria de nuevo en gran potencia mundial.
Las cosas tras veinticinco años de la caída del Muro de Berlín no son tan sencillas, porque a su lado el dragón chino hace rato que despertó y les lleva años luz de ventaja en su avance capitalista y la antes amigable India ahora compite con creciente solvencia. El juego geopolítico puede complicarse pero su peso como miembro del G 8 no es casual.
El mundo contempla con inquietud como la resurrecta águila bicéfala del zarismo despliega sus alas con las tropas rusas que ocupan Crimea de nuevo.

martes, 25 de febrero de 2014

Triángulo para O’higgins. Por Agustín Haya de la Torre

Los gobiernos de Perú y Chile cumplen su compromiso de respetar el fallo de la Corte Internacional de Justicia y organizan la fijación de las coordenadas precisas del nuevo límite marítimo.

Surge un debate peculiar cuando Santiago reclama el triángulo terrestre formado al tomar como referente para medir la frontera marítima el Hito 1 y no el punto Concordia. Dicho extremo del fallo crea un triángulo de unas tres hectáreas y media que de pronto empiezan a revindicar.

La postura carece de fundamento, pues la frontera terrestre quedó claramente establecida en el Tratado de 1929. Al parecer sirve de desfogue para el “lamento profundo” que les produjo a las autoridades chilenas perder 50 mil km2 de mar.

El tema debe tratarse con firmeza para impedir que devenga en un nuevo e innecesario conflicto. Más bien puede convertirse en la ocasión para mejorar las relaciones y avanzar en una voluntad integracionista.

Rescatemos como símbolo de tal propósito la figura de Bernardo O’Higgins, Libertador de Chile y Gran Mariscal del Perú. Hijo natural del virrey Ambrosio O’Higgins con Isabel Riquelme, conocido como Bernardo Riquelme hasta los 24 años, recibió el reconocimiento del padre quien lo educó encargándolo a conocidos suyos.


Su formación lo llevó a ingresar por su condición social, a un Colegio de Naturales donde estudiaban los hijos de los caciques mapuches. Luego vino a Lima al Colegio del Príncipe y a San Carlos, para finalmente ingresar a un colegio cerca de Londres, donde su profesor de matemáticas fue Francisco de Miranda, el gran prócer de la libertad americana, más tarde Gran Mariscal de Francia. Pronto descubrió el fuego de la revolución y adhirió con ardiente convicción a las ideas del maestro, aunque ello le valiera el enojo del padre.

O’Higgins se convierte en un actor crucial de las guerras de independencia. Capitán General del ejército patriota, acompaña a José de San Martín en el Ejército de los Andes. Vive todos los avatares de las victorias y derrotas hasta Chacabuco y Maipú. De 1817 a 1823 ocupa el cargo de Director Supremo de Chile y su papel resulta decisivo en la formación del Ejército Libertador del Perú, donde si bien los oficiales son argentinos, la tropa es mayoritariamente chilena, al punto de que marchan bajo su bandera.


El enorme costo de dicha campaña repercute en las finanzas de su gobierno, lo que lo lleva a una paradójica abdicación ante el Senado, en medio de los vítores y los aplausos de las masas al héroe de la libertad.



Vuelve al Perú, a su casa limeña y a su hacienda Montalván en Cañete, donde muere en 1842. Tuvo tiempo para interceder entre las tropas de Santa Cruz y las chilenas de Bulnes para evitar la derrota de la Confederación de Perú y Bolivia.

¿Porqué no dedicamos el triángulo a un gran memorial a Bernardo O’Higgins, donde recordemos los fastos del Ejército Libertador y a quienes como San Martín y Miranda pensaron que debíamos ser una sola gran república americana?

jueves, 6 de febrero de 2014

Bustamante y Odría: Corregidos. Por Agustín Haya de la Torre

En los debates sobre la sentencia de la Corte Internacional de Justicia de La Haya acerca de la demanda marítima del Perú con Chile, suele primar la impresión de que los vecinos del sur nos impusieron mediante diversas argucias o hasta invasiones económicas, el paralelo geográfico como límite marítimo.

No es así. La determinación del paralelo como frontera marina, resulta en principio un acto propio del Estado peruano, cuando el presidente José Luis Bustamante y Rivero proclama mediante el Decreto Supremo 781 de 1947, la soberanía y jurisdicción del país sobre el mar adyacente a sus costas. Traza entonces una línea paralela a la costa hasta las 200 millas, medida desde los paralelos de latitud que limitan con Chile y Ecuador.

La misma fórmula vuelve a incluirse en la Convención de 1954 titulada específicamente como “zona fronteriza marítima”. El reconocimiento del paralelo geográfico como delimitación, deviene de la propia decisión del Perú. Si bien no toma las características formales de un tratado de límites, permite un ejercicio real de dominio de las partes desde dicha latitud y por lo mismo, la Corte reconoce una “frontera tácita”.

Bustamante inscribe a la república en una corriente que inició Harry Truman, a la sazón presidente de los Estados Unidos de América, en setiembre de 1945, cuando proclamó la soberanía sobre los recursos marinos y la plataforma continental en alta mar. Gobernantes latinoamericanos como el mexicano Manuel Ávila Camacho y Juan Domingo Perón, hicieron lo propio. Dos meses antes que el mandatario peruano, el chileno Gabriel González Videla postuló por primera vez la jurisdicción sobre las 200 millas.

Tales posturas aumentaron luego con decisiones diversas, donde quedaba superada la vieja tesis de las tres millas de mar territorial. De allí en adelante las Naciones Unidas promovieron conferencias especializadas que originaron la Convención del Mar, aprobada en 1982 y que a la fecha cuenta con la ratificación de 166 países,

La Convención es uno de los instrumentos más avanzados del derecho internacional, pues permite el ejercicio de la soberanía y jurisdicción de los Estados ribereños sobre los recursos naturales hasta una extensión de 200 millas náuticas. Recoge así las tesis latinoamericanas y crea un derecho del mar que protege a los países de la explotación unilateral de cualquier potencia o firma transnacional.

Las dos últimas constituciones del Perú recogen exactamente los conceptos de soberanía y jurisdicción sobre el mar adyacente, conforme lo define la Convención para la zona económica exclusiva de 200 millas.

A decir verdad, la sentencia de La Haya corrige el decreto de Bustamante y el Convenio de la época de Odría que firmó David Aguilar Cornejo, basándose en los postulados de la Convención del Mar, que señalan que donde no existan tratados específicos, la línea equidistante resuelve el problema.

La sagaz demanda de Alan García nos sacó finalmente de los límites fijados 67 años atrás.

viernes, 31 de enero de 2014

Ganó la paz. Por Agustín Haya de la Torre

Seis años después de plantear la demanda marítima contra Chile por parte del Perú, la Corte Internacional de Justicia de La Haya emite una sentencia que reconoce el paralelo de latitud como límite hasta la milla 80 y a partir de allí, una línea equidistante en dirección sur oeste.



Conclusión ingeniosa que recoge argumentos jurídicos y un criterio de equidad que no agravie a las partes ni genere mayores problemas de los que pretende resolver. Incluye cierta creatividad desconcertante, como la que ve la luz de los faros, colocados de común acuerdo, mucho más allá del horizonte.

Para el Perú, el tema solo puede entenderse desde la perspectiva del Decreto Supremo 781 de 1947, cuando José Luis Bustamante y Rivero proclama nuestra soberanía sobre el mar adyacente hasta una distancia de 200 millas paralela a la costa, desde los paralelos geográficos que limitan con Chile y Ecuador. Si bien la Corte descarta el DS por unilateral, sirvió de base para las posteriores declaraciones sobre zonas de pesca y en particular para el acuerdo de 1954, denominado “Convenio especial sobre zona fronteriza marítima”, donde en consonancia a lo ya señalado por Bustamante, quedan reconocidos los paralelos como límite.

Como solo fija una zona especial de 10 millas por lado desde la milla 12, el alto Tribunal no asume que tenga las características de un tratado, pero le sirve para argumentar la preexistencia de una “frontera tácita”, sustento del statu quo vigente desde el 47 hasta el domingo pasado. 

Al definir que el paralelo persiste como límite pero solo hasta la milla 80, produce un corte sorprendente por la falta de antecedentes en la materia, pero inteligente para sus propósitos arbitrales: ratifica para Arica su zona de riqueza pesquera y evita un colapso económico en esa región, cuyas repercusiones podían generar una crisis interna de envergadura.

Al introducir a partir de allí la equidistancia, le permite al Perú incorporar 21 mil km2 de mar que poseía Chile y de paso afianzar el dominio peruano en otros 29 mil km2 que aunque fuera del límite chileno, Santiago pretendía consagrar como aguas internacionales. Así el Perú gana una porción de 50 mil km2 de mar y Chile mantiene sus pesquerías.

Un fallo salomónico, aunque a diferencia de la leyenda hebrea, nadie renunció a la criatura sino que ambos países apostaron por una solución civilizada, encargándole a una instancia de las Naciones Unidas resolver el pleito.

En los dos lados muchos esperaban un triunfo completo, estado de ánimo comprensible pero que evitaba cualquier solución racional. Felizmente los tres gobiernos peruanos que manejaron el tema, lo asumieron como política de Estado y merecen el reconocimiento público. La aceptación del fallo por parte de los presidentes Sebastián Piñera y Ollanta Humala, es un hito decisivo para construir un futuro de paz y prosperidad. Ahora para proteger nuestros intereses, debemos firmar la Convención del Mar.

jueves, 23 de enero de 2014

Banderas indoamericanas. Por Agustín Haya de la Torre

El fallo del próximo 27 de enero, cuando el juez de La Haya lea la sentencia que resuelva el diferendo marítimo entre Perú y Chile, significará para el país, 193 años después, el último trazo en la formación de sus fronteras.

Cuando nació la República, los límites provinieron de la herencia colonial y en nuestro caso, el asunto acabó en dificultades. El enorme espacio virreinal creado en 1542 por Carlos I, abarcaba desde Panamá hasta la Tierra del Fuego, e incluía prácticamente toda la América del Sur; salvo el Brasil portugués y Venezuela, perteneciente al Virreinato de Nueva España a través de la Audiencia de Santo Domingo. Dividido por los Borbones en el siglo XVIII, aparecieron entonces los virreinatos de Nueva Granada y del Río de la Plata. Luego, por disposición de Carlos III, otra reorganización interna formó las intendencias.

Sobre sus confines nació la patria independiente, no sin problemas porque la geografía, todavía inmensa, contaba con una población que no llegaba al millón y medio de habitantes. Cuando capituló la Corona tras la batalla de Ayacucho y los realistas abandonaron en 1824 Cusco, su última capital, ya nuevos países acompañaban al Perú.

En toda la región la definición de los hitos arrastró a conflictos y guerras fratricidas que nos alejaban del sueño bolivariano. Los nacionalismos echaron más leña al fuego y llegaron a mezclar reivindicaciones étnicas en la administración política.


El siglo pasado vio guerras de conquista que al igual que las del XIX, enfrentaron a hermanos contra hermanos. La singularidad indo o latino americana, soñada por Simón Bolívar, José Martí, Rubén Darío y Haya de la Torre, nunca dejó de latir. La corriente integracionista confrontó siempre a los pequeños nacionalismos de cualquier tipo. Desde la segunda mitad del siglo XX, no sin complicaciones, la idea de la unidad continental empezó a forjarse.

Los conflictos fronterizos generaban trabas aunque la exploración de nuevos caminos integradores dio frutos. Por momentos si los esfuerzos parecen dispersarse, los avances son más importantes. Los países que superan sus diferencias limítrofes, dan pasos más seguros y ayudan a los demás.

La paradoja histórica enseña que en el imperio colonial, pese a las grandes distancias, predominó una visión universalista, que llevó a gobernar vastos territorios, mucho mayores que las posteriores repúblicas.
El término de la disputa marítima con nuestro vecino del sur debe convertirse en un paso decisivo hacia la integración. Desde Unasur a la Alianza del Pacífico, fortalecer la relación con Chile forma parte del futuro de prosperidad democrática al que debemos aspirar. Así como enterramos el pasado beligerante con Ecuador y convertimos la frontera en un dinámico espacio regional, lo mismo debe suceder en el sur.


Que las banderas que levantemos, cualquiera sea el fallo, sean las de la unidad y la integración de nuestros pueblos.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Poder Paralelo. Por Agustín Haya de la Torre

Mes y medio después de estallar el escándalo de Óscar López Meneses, el gobierno sigue sin

informar quién dio la orden ni qué hacía para que decenas de policías y patrulleros lo cuiden durante casi dos años.

La explicación oficial que trata de presentar el caso como “corrupción policial” no convence a nadie. Ni la renuncia del ministro del Interior ni la destitución de varios oficiales aclaran el asunto. Tampoco los insultos del Presidente contra el operador de Vladimiro Montesinos, pues durante seis semanas el Ejecutivo ha convertido en un sainete su intento de tapar el sol con un dedo y desvirtuar las investigaciones.


Los registros de la prisión de San Jorge aparecen y desaparecen mientras los ministros dicen tonterías cada vez. Confirman así la responsabilidad directa del gobierno, que por todas las formas posibles evita que sepamos las razones para tan exagerada protección de un particular.



Algunos soslayan la gravedad del caso y olvidan lo que vivimos en los noventa. Entonces Alberto Fujimori organizó a través de su servicio de espionaje, un esquema de poder que le permitió controlar a las fuerzas armadas y policiales, a la judicatura y, encima, sobornar a los grandes medios de comunicación.

El diseño dictatorial resultó ambicioso y de envergadura porque pretendía perpetuarse en el poder. El soplonaje al interior de los institutos armados le servía para promover a los adictos y descabezar a los críticos. Lo mismo sucedió en el Poder Judicial donde su influencia llegó a disfrazarse como reformista al punto de contratar a la ONG más pintada en el tema.

Con la televisión y la prensa, Fujimori alcanzó uno de sus puntos más eficaces. Con operadores ad hoc usó la farándula para distraer a la gente. Fomentó un penoso espectáculo de lo grotesco y el mal gusto. Cómicos, bataclanas y animadoras, junto con los pasquines amarillos, llevaron la cultura chicha a su clímax.

Todo esto encubría algo más siniestro: los negocios turbios de las licitaciones amarradas, el narcotráfico y el contrabando a gran escala. El esquema de Fujimori y su brazo derecho requería no solo astucia sino grandes cantidades de dinero, saqueado del fisco o proveniente de las coimas.

Quien dirija tal mafia necesita mucha protección, como los centenares de hombres del batallón “Júpiter”. Montesinos pasó su entrenamiento como agente de potencias extranjeras desde los años setenta. López Meneses, uno de sus colaboradores, conoce las formas pero carece de las habilidades de su jefe.


Por lo que sale a luz, todo indica que empezaba un camino parecido. El alumno metía ya sus narices en la vida militar y policial para mover los ascensos y seguramente montaba la soplonería sobre los adversarios. Descubrir a Montesinos demoró varios años y si no fuese por su manía de filmarlo todo, no nos habríamos enterado a plenitud de sus delitos y menos verle la cara a los vendidos.

Ojalá la comisión parlamentaria y la Fiscalía revelen los oscuros menesteres del aprendiz de brujo.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Autonomía para la universidad. Por Agustín Haya de la Torre

La prueba PISA y los rankings internacionales sobre las universidades muestran la precariedad de la educación en el Perú. No solo no formamos adecuadamente a nuestros niños y adolescentes, sino que tampoco somos capaces de darles una educación superior de nivel.



Los resultados no son gratuitos, devienen directamente de un modelo impuesto en los noventa que supone que todo lo asigna el mercado, que en el caso peruano llevó a despreciar de nuevo la educación pública. Paradójicamente los promotores ideológicos de tan penosa situación insisten en atribuir el fracaso a lo público, a cuya mejora presupuestal suelen oponerse por principio. Generan así un círculo perverso que produce una enseñanza muy deficiente.

La mayoría de comentaristas de los exámenes de la OCDE cree que todo se soluciona con más privatización, incluso proponen, desubicados, el modelo de Pinochet, fracasado estrepitosamente en Chile, que acabó por aumentar la desigualdad y deteriorar una educación tradicionalmente de nivel a límites casi peruanos.

En el caso de las universidades la varita mágica la colocan por el lado de la acreditación ministerial, para lo cual ya funciona una entidad que ahora tratan de consagrar en la propuesta superintendencia universitaria. Decenas de indicadores formales, básicamente de carácter administrativo, aparecen como requisito.



La confusión entre formas de gestión y la esencia misma de la universidad, que es la producción de conocimiento, traerá una vez más consecuencias nefastas. La exigencia histórica de las universidades clásicas fue siempre la autonomía del poder para conseguir las condiciones que garanticen la creación científica. El conocimiento nace de la libertad y la investigación tampoco puede sujetarse a la inmediatez del costo beneficio, por la razón elemental de que su sustento es el ensayo y el error.

“La universidad es lo que publica”, dice un viejo adagio, por ello que las clasificaciones válidas toman como eje central los criterios bibliométricos, es decir lo que sale a luz en revistas científicas y en los libros de los investigadores, como resultado de su trabajo. La calidad de la formación profesional proviene de dicho contexto, que supone la generación de condiciones para que el profesor sea sobre todo un investigador.

La prestigiosa Asociación Alemana de Sociología acaba de lanzar una crítica demoledora contra la acreditación administrativista, que llega al extremo de aplicar los estándares ISO para las universidades como si fueran empresas productivas. Felizmente que las universidades de excelencia en el mundo promueven la evaluación científica sobre la base de resultados bibliométricos y el reconocimiento internacional. 



Una buena gestión es necesaria, qué duda cabe, pero el control burocrático jamás reemplazará la investigación ni la producción de conocimientos, que requieren libertad, por tanto autonomía del poder político y económico.                                

martes, 13 de agosto de 2013

¡Usted fue Mirista! Por Agustín Haya de la Torre

 * Tanda al aspirante a historiador Nelson Manrique, autor de un libro que nos enteramos está siendo leído en Generales Letras de algunas universidades. 


El libro de Nelson Manrique ¡Usted fue aprista! intenta ser una historia crítica del APRA y acaba siendo una extensa narración sobre la derrota histórica de la extrema izquierda. El autor toma el limitado esquema de análisis de los izquierdistas de los años 50 y 60 del siglo pasado, que identificaron insurrección con izquierda y democracia con derecha, de tal forma que no consigue nunca discernir la legítima insurgencia contra las dictaduras de los intentos subversivos contra la democracia recuperada.


Para evaluar el pensamiento de Víctor Raúl Haya de la Torre usa la escolástica del creyente en la revolución violenta, sin entender el decantamiento democrático de su doctrina ni las realidades políticas nacionales e internacionales que explican su evolución. Soslaya la decisiva influencia en su formación ideológica de la vivencia europea y de su viaje a la naciente Rusia bolchevique. Su estadía inglesa le permitió comparar realidades y vincularse con la intelectualidad más renombrada del pensamiento socialista, que había descubierto que socialismo y democracia podían ser compatibles con las instituciones liberales; propuesta que llega al poder con el Partido Laborista. Tampoco reconoce el significado de Franklin Roosevelt y las fuerzas progresistas en la democracia norteamericana. No le haría mal leer a Eric Hobsbawn para saber qué etapa abarca el fenómeno del imperialismo.

Por ignorar aspectos sustantivos no entiende como el Apra se convierte a lo largo del siglo XX en la fuerza democratizadora más importante de la sociedad peruana. La contradicción que atraviesa la república entre dictadura y democracia es el objetivo a resolver. La centralidad del sufragio universal, la institucionalización del Parlamento como asamblea soberana del pueblo y la descentralización del poder, son cruciales en el proyecto aprista.

La visión mecanicista que divorció siempre bienestar y libertad, le impiden comprender que en el pensamiento de Haya de la Torre democracia y justicia social, no son antagónicas sino las dos caras de la misma moneda.
¿Consecuentes?

Como no comprende que la democracia es la forma de gobierno que por excelencia pacífica a la sociedad, la convivencia política se convierte en objeto de rechazo. Nostálgico, cree que la “revolución militar” cumplió el programa aprista. No sabe cómo funcionan los partidos modernos y se entretiene durante páginas enteras con los avatares de minorías disidentes, quejosas porque sólo llegaban a ser “cuatro delegados en un congreso de 500”. El caso más interesante fue el Apra Rebelde que devino en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria. En un inicio reivindicaba “El Antimperislidmo y el Apra”, pero luego abjura de la doctrina para suscribir la versión castrista del marxismo soviético. Su melancolía violentista le impide ver que el MIR, no quiere ser “consecuente” con el aprismo de los años veinte si no que acaba por sumarse a la misma postura dictatorial de la III Internacional que Víctor Raúl rechazó desde el Congreso Antiimperialista de Bruselas en 1927. Deslinde que la historia consagra con la desaparición de la Unión Soviética.

Sus carencias conceptuales no le permiten darse cuenta de por qué un movimiento al que acusa de abandono permanente de sus posiciones desde que nació, pueda sumar millones de votos, centenares de miles de cuadros, cientos de autoridades electas y tras vencer los vetos del militarismo y la oligarquía, ser gobierno dos veces y estar vigente ochenta años. En cambio a sus admiradas y a veces violentas minorías, se las llevó implacable, el viento del fracaso.

Quienes “consecuentes” según el narrador se alzaron en armas contra la democracia y repudiaron las elecciones, desaparecieron en la más absoluta orfandad popular. Víctor Raúl culminó su vida elegido por el pueblo, firmando la refundación constitucional de la democracia peruana sobre la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

lunes, 10 de diciembre de 2012

La Haya y la soberanía. Escribe Agustín Haya de la Torre

 La apertura de la fase oral del diferendo marítimo entre Perú y Chile ante la Corte Internacional de La Haya debe cerrar finalmente la delimitación de las fronteras del Perú. La novedad en este caso es que ambos países han decidido someterse al dictamen del tribunal internacional, nacido como la primera institución jurídica de alcance supra nacional al fundarse la Organización de las Naciones Unidas.

La ONU puso fin al orden mundial basado en el principio de la soberanía absoluta, vigente desde la Paz de Westfalia de 1648. Ese criterio daba sustento a los Estados nación que aparecían con la modernidad, a partir del cual no reconocían ninguna autoridad por encima de la propia. Esta summa potestas fue la argamasa del derecho de gentes, del nuevo orden que predominó durante tres siglos y trajo como consecuencia que si las diferencias entre los Estados soberanos no se resolvían por acuerdo mutuo, la única salida posible era la guerra.

Las fronteras tras la independencia no fueron fáciles de fijar. No solo por razones políticas y dificultades geográficas sino por el insuficiente desarrollo del derecho internacional. Uno de los aspectos más complicados resultó el de la delimitación marítima. Los postulados del mare liberum de Hugo Grocio, La Libertad de los mares a tono con la expansión de las potencias europeas por el planeta, hasta las obsolescentes tres millas del tiro de cañón, que los Estados ribereños usaban para reclamar soberanía, hacían notorios los vacíos.




La declaración de Harry Truman que amplió el dominio marítimo de los Estados Unidos en 1945, es seguida por los presidentes González Videla y Bustamante y Rivero, cuando dos años después anuncian la soberanía de sus países sobre las 200 millas de mar adyacente. El Perú siempre sostuvo el criterio del dominio marítimo y la denominación de mar adyacente. Esos conceptos constan en las constituciones de 1979 y de 1993. Gracias a la presencia de notables diplomáticos peruanos, esa misma doctrina la asume la Convención del Mar de 1982. El Perú nunca sostuvo la vieja idea medieval del “mar territorial”, como si lo hicieron Brasil, Ecuador y Panamá.
La firma de los convenios pesqueros durante la dictadura de Manuel Odría para defenderse de las flotas balleneras, incluyó una referencia al paralelo. Chile la interpreta como el punto clave para transformar un acuerdo comercial en un inexistente tratado de delimitación marítima. En 1986, durante el primer gobierno de Alan García, el Perú le plantea el tema formalmente a Chile y el segundo gobierno aprista, ante la negativa sureña de negociar bilateralmente, decide recurrir a la jurisdicción internacional.

La claridad y contundencia de la postura peruana que sustenta una línea equidistante para resolver el problema, es evidente. La Corte dictaminará a mediados del 2013, culminando entonces el último capítulo de nuestra historia de límites. Quedarán abiertas, sin traba alguna, las políticas que fortalezcan la integración regional.